La Mejor Música del Mundo

Fm Tango Rosario propone en estas horas una completa programación musical de tangos con intérpretes de todos los tiempos. Relájese y disfrute de... "LA MEJOR MUSICA DEL MUNDO"...
Horarios:
...

Próximo programa
Rumbo al día

Biografia

Lunfardos

Letras de Caciones

Biografías

A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z

Bachicha

(Por Oscar Zucchi)

Bandoneonista, compositor y director
(2 de marzo de 1890 - 28 de noviembre de 1963)
Nombre verdadero: Juan Bautista Deambroggio

Nació en la ciudad de La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Fue uno de los jóvenes músicos argentinos que instaló el tango en París, junto a Manuel Pizarro, Eduardo Bianco y Genaro Espósito. Luego hubo otros, pero los pioneros fueron ellos.
De adolescente, muy pronto lo atraparon el bandoneón y la música y, luego de los primeros conocimientos adquiridos, se perfeccionó con Alfredo Bevilacqua, de sólida formación. Pero al mismo tiempo debió trabajar y sus oficios fueron rudos, como que a los trece años ya estaba en la fragua de la fundición “Vasena”. Entre sus compañeros en la empresa se hizo amigo de otro amante de la música, Roberto Firpo, seis años mayor que él. Y según relató Enrique Cadícamo, fue Deambroggio quien le presentó a su maestro para estudiar juntos.

En 1914, Firpo debutó con su orquesta y Bachicha fue su bandoneón. Previamente, en 1911 realizaron sus primeras presentaciones casi profesionales. Fueron en el Café Centenario, de la Avenida de Mayo, más conocido por “Taka Taka” y luego en “La Castellana”, en la misma avenida. Más tarde ocuparon la escena del “Armenonville”, del “Palais de Glace” y diversos cabarets. Solamente ellos dos.

Surgió un primer viaje a Montevideo en 1916 y se sumaron Tito Roccatagliata y Agesilao Ferrazzano. Para algunos estudiosos fue cuando en el Café La Giralda, de 18 de Julio y Andes, estrenó “La Cumparsita”.

Con orquesta propia, por un tiempo, Deambroggio estuvo ligado a algunas representaciones teatrales bajo la denominación de Orquesta Royal’s.

Como ejecutante poseyó un estimable dominio técnico para su época, poseía un sonido fuerte y brillante, digitación fluida y correcta realización del ligado. Estas condiciones se hicieron más notables en sus registros realizados en Europa, por su lógica evolución y experiencia y por mejores condiciones técnicas para las grabaciones.

Con Firpo acompañaron al dúo Gardel-Razzano, con el guitarrero José Ricardo, en una gira por ciudades del interior, para actuar en cines de la empresa Max Glücksmann. Fue en Punta Alta cuando Ricardo los advirtió de un bandoneonista que actuaba en el lugar y llamó su atención. Luego de escucharlo fue integrado y se formó un cuarteto, era Pedro Maffia.

Estuvieron presentes sobre el escenario, en dos representaciones teatrales convertidas en hitos por sendos tangos. Una fue “Los dientes del perro”, en el Teatro Buenos Aires de Cangallo 1053, acompañaron a Manolita Poli cuando cantó “Mi noche triste” y aunque no era un estreno, fue el detonante para su formidable e inacabado éxito. Ocurrió el 16 de abril de 1918.

La otra, fue el 12 de mayo de 1920 en el viejo Teatro Ópera de la calle Corrientes 860. Cuando en el sainete “Delikatessen House”, de Samuel Linnig y Alberto Weisbach, la actriz María Esther Podestá estrenó “Milonguita”. La orquesta se había agrandado con la presencia de Leopoldo Thompson (contrabajo), Juan Carlos Bazán (clarinete) y Adolfo Muzzi (segundo violín).

También cabe destacar que en la primera versión de “La cumparsita” grabada por Firpo estaban, además del director, Deambroggio, Ferrazzano, Roccatagliata y el flautista Alejandro Michetti.

Se separaron en 1921 y llegó su etapa europea. Primero, con el conjunto “Los de la raza”, un grupo de actores y cantantes, donde estaba la cancionista Emilia García Alba, con el acompañamiento de un grupo musical integrado por Horacio Pettorossi, Bachicha, Mario Melfi, Bartolomé Chapella (autor del tango “Fosforerita”) y otros. Recorrieron ciudades de España durante casi un año hasta que decidieron regresar, pero varios siguieron en el viejo mundo.

Deambroggio fue llamado a París por Eduardo Bianco y también incorporó a Pettorossi y a Melfi, que habían tomado lecciones de bandoneón con su compañero, para tener una mayor posibilidad de trabajo. Bianco directamente le ofreció figurar a la cabeza junto a él, nació así la orquesta “Bianco-Bachicha”, Actuaron con gran repercusión en las mejores salas parisinas y grabaron para el sello Odeon. Permanecieron juntos hasta 1928. Luego, cada uno siguió su camino. Bachicha-Ferrazzano fue la nueva formación, de efímera vida. Finalmente, armó la “Orchestre Argentin Bachicha”, presentándose en la capital francesa y en giras por casi toda Europa, parte de África y el Medio Oriente, algo inusual para la época. Registró grabaciones en la mayoría de los países, siempre para Odeon, pero también con otros sellos: Cristal, Riviera, Typic.

En los años 50, regresó fugazmente a nuestro país pero regresó a París donde falleció. En 1963, dejó viuda a la que fuera su cancionista, Emilia García. Hubo varios hijos y uno de ellos, Tito, que era pianista, se hizo cargo del conjunto, aunque la época ya no era la misma.

A lo largo de su carrera tuvo varios vocalistas, improvisados la mayoría de ellos. En las grabaciones han intervenido Juan Raggi, Pettorossi, Melfi, Bianco, César Alberú, él mismo y su esposa Emilia. Fue compositor de más de una treintena de temas, aunque el único de gran repercusión, según dichos de Cadícamo, fue realizado por Pettorossi que lo obligó a aceptarlo como pago por un préstamo, se trata de “Bandoneón arrabalero”. Agregó Cadícamo, que Pettorossi acostumbraba cuando estaba necesitado a tomar esas actitudes.

Extracto del trabajo realizado por Oscar Zucchi, en su libro “El tango, el bandoneón y sus intérpretes”, Ed Corregidor Tomo 2, 2001.

Baffa, Ernesto

(Por Hugo Salerno y Ricardo García Blaya)

Bandoneonista, director y compositor
(20 de agosto de 1932)
Nombre completo: Ernesto Guillermo Baffa

Hola, habla Pichuco ¡nene!... estoy en el Marabú, venite para acá que vas a empezar en la orquesta.»

«Yo volé, volé, -recuerda Ernesto- y a los diez días empecé con Aníbal Troilo».

Aquel llamado que recibió en la casa de su madre, doña Rosario, allá por 1959, todavía lo emociona. Una vez El Gordo lo había confundido con Leopoldo Federico cuando Baffa tocaba en la formación de Horacio Salgán, justamente para reemplazar a Leopoldo. Después del malentendido, en una de las mesas del boliche cordobés El Patio de la Morocha, Pichuco le propuso irse con él.

«¡El sueño de mi vida!» –dice- y la alegría lo invade como cuando con los pantalones cortos todavía se trepaba al alambrado del “Club Flores Que Surgen”, en su Floresta natal, para escuchar y ver a su bandoneón admirado. Aún hoy, apenas abre la puesta de su corazón, Troilo aparece.

Pero todo esto Ernesto no sólo lo cuenta, lo toca. Durante la mayor parte de la charla el que habla es el bandoneón. «Es muy difícil este bicho (por el instrumento) y uno no se puede dejar estar» –asevera-, y hasta convoca a su mujer como testigo de que estudia todos los días. Como lo hacía con el maestro Francisco Sesta, cuyos métodos de digitación sigue practicando, así como los ejercicios que le enseñara Marcos Madrigal.

Después nos brindó un alarde de virtuosismo interpretando el “Ave María” de Franz Schubert. Una pausa para el café y luego, vendrán un par de tangos. Los recuerdos de la niñez afloran con una serie de canzonetas de las que deleitaban a Antonio, su padre, un albañil venido de Cosenza, Italia. «Él alcanzó a escucharme cuando toqué con Héctor Stamponi, después lo perdí. No me vio llegar. ¡Oh! si me hubiera visto con Salgán, con Troilo...» Confiesa con los ojos brillantes.

Rato después, testimonia la pasión por el Club Atlético Independiente, con un pedazo de su tango “A Luis Islas” (un importante arquero de ese club de fútbol). La charla y la música parecen no tener fin. Poco antes de la despedida, resume en pocas palabras su sentimiento: «Las satisfacciones que me ha dado la música no se pueden describir. Toqué con los mejores, que más se puede pedir. Además, sigo en la brecha».

Ernesto Baffa debutó en la orquesta de Héctor Stamponi en 1948 y en 1953 ingresó en la de Salgán. Al respecto, comenta Horacio Ferrer: «En plena adolescencia alcanzó el primer plano de la estimación, como sucesor de Leopoldo Federico en el primer atril de bandoneones de la orquesta de Horacio Salgán. Su excelente sonido y su dominio del instrumento quedaron expresados cabalmente en muchos de los solos que realizó con dicha agrupación: “Responso”, “Entre tango y tango” y la milonga “Homenaje” (disco Antar Telefunken, 1957)». En 1959, pasó a la orquesta de Aníbal Troilo, en la que permaneció casi 15 años.

«Yo llevé a Raúl Garello a la orquesta. Estudiaba conmigo, en la casa de mi finada madre, y un día surge una vacante: se va Fernando Tell y lo presenté a Troilo.»

Aún estaba con Pichuco (1965), cuando conformó un trío con Osvaldo Berlingieri y el contrabajista Fernando Cabarcos, que luego se convertiría —ya desvinculado de El Gordo— en la famosa orquesta Baffa-Berlingieri que grabó inolvidables páginas con Roberto Goyeneche y excelentes instrumentales: “Cabalero”, “Canaro en París”, “Ritual”, “Mi refugio”, “Verano porteño”, entre otros.

En su Libro del Tango, Ferrer considera que la sonoridad orquestal tiene cuño troileano y valiosas influencias de Astor Piazzolla y de Salgán que combinadas, logran un estilo propio.

«Ahora están estos chicos nuevos con el tango electrónico; bueno, que me disculpen pero yo no lo siento. Y eso que trabajé con Piazzolla, un vanguardista. Pero Troilo, era un fuera de serie. Hay algo que mucha gente desconoce; en sus últimos discos, el que hacía los solos era yo. El dirigía, y me los daba a mí para tocarlos».

En el transcurso del Festival de Medellín, realizado en 1968, se le otorgó la Lira de Oro por sus actuaciones. En tan larga trayectoria cabe mencionar su desempeño en las orquestas de Alberto Mancione, Alfredo Gobbi, Pedro Laurenz y en el conjunto que acompañó al cantor Alberto Marino.

Viajó con su música por Europa y Japón, donde tuvo un éxito extraordinario.

En los últimos tiempos, continuó su actividad dirigiendo conjuntos más pequeños, pero que poseen los mismos atributos de sonoridad que distinguieron su carrera artística.

Como compositor su obra es extensa. Destacamos algunos temas: “Calavereando”; “Con punto y coma”; “Pa’la guardia”, en colaboración con Antonio Scelza; “Porteñero” y “Chumbicha”, con Raúl Garello; “Trasnoche de ilusión”, también con este y su hermano Rubén Garello en los versos; “Tu amor y tu olvido”, con Roberto Pérez Prechi y letra de Ángel Di Rosa; “Bardiana”, con Enrique Munné; “Un tango para Bochini”, con Roberto Vallejos; “Al amigo Daniel Scioli”, con Daniel Lomuto; “B.B.” y el exquisito “Par de dos”, ambos con Berlingieri.

En 1992 fue declarado “Ciudadano ilustre de Buenos Aires” por la legislatura porteña. Además, integra la Selección Nacional del Tango y, al frente de su Ernesto Baffa Trío, nos sigue deleitando en el Café Homero.

Bahr, Carlos

(por Gaspar Astarita)

Letrista y poeta
(15 de octubre de 1902 – 23 de julio de 1984)
Nombre completo: Carlos Andrés Bahr
Seudónimos: Alfa, Luke, J. y C.

Carlos Bahr: Amor y tango

Tango que habla de recuerdos,
gris amigo de añoranzas;
tango grave a cuya voz
se estremece el corazón
y se aviva la nostalgia.

El prolífico aporte que ha hecho a la literatura del tango Carlos Bahr a través de letras de tan valioso y variado contenido, hacen que su nombre se constituya en una cita obligada en la difusión del género. Tantas obras de impecable elaboración, realizadas con ideas claras y pulcritud literaria -en la mayoría de las cuales logró la exacta aleación entre arte y artesanía-, reactualizan permanentemente su nombre porque toda esa producción fue incluída en los repertorios de todos los conjuntos orquestales que llegaron al registro discográfico. Es más, casi todos los títulos que hemos extractado en la selección que acompaña este trabajo fueron grabados por varias agrupaciones a la vez, a las que se sumaron muchos intérpretes solistas (Ver: La obra autoral de Carlos Bahr, Sección La Biblioteca/Crónicas). Y por esa simple y a la vez poderosa razón, la divulgación actual del tango -al tener que echar mano de esa caudalosa discografía- debe apoyarse indefectiblemente en el nombre de Carlos Bahr para el anuncio de muchísimos títulos. Su recuerdo, entonces, es obligado y permanente.

Sin embargo, poco se sabe de este autor que llegó a la poesía del tango por su prematura inclinación a la literatura, que, en los comienzos, derivó hacia el cancionero nativo, para después ser ganado por la música ciudadana. Sin estudios secundarios, su formación fue la del clásico autodidacta que en la lectura -efectuada desde chico sin orden y sin una adecuada orientación- fue encontrando igual los medios que su natural inteligencia estaba aguardando, hasta redondeara algunos conocimientos básicos para pulir su lenguaje, enriquecer su intelecto y estimular su vocación literaria . Ésta se había manifestado siendo muy jovencito, escribiendo algunos cuentos que no lograron interesar a nadie. Pero en su barrio -la Boca- había adquirido cierta aureola de joven intelectual y, junto a aquellos cuentos que nadie leía, quedaron además un montón de coplas que interpretaban las comparsas barriales en las fiestas de carnaval, versos que también el tiempo habría de cubrir de olvido. Éste debe haber sido el primer antecedente de su arrimo a la canción, que comenzó a afirmarse con algunos títulos a partir de 1936, para consolidarse en la famosa década del 40, a cuya plenitud y dignidad literaria contribuyó con el peso de su obra, que estuvo sustentada por una acentuada delicadeza expresiva, sencilla y directa, nutrida de imágenes y metáforas de genuino cuño popular.

Además, la diversidad temática fue notoria en Carlos Bahr, y aún más manifiesta por la fecundidad de su obra.

Pero sus asuntos predilectos fueron el amor y el tango mismo, a los que reflejó y recreó en distintas composiciones y con diferentes tratamientos, nunca alejados del vuelo romántico y todos llenos de sabor y autenticidad ciudadanos.

Alternó con todos los directores y compositores importantes de esa época, y vibró con ellos en igual sintonía espiritual, con el tango y con la ciudad de Buenos Aires, cuando ambos, tango y ciudad, fueron cronistas y testigos a la vez de una excepcional instancia del país («¡la Argentina era una fiesta!»). Todo a través de una concreta voluntad de superación estética encaminada a la jerarquización de los repertorios. A la cabeza de esa cruzada renovadora estaban entonces Homero Manzi, Homero Expósito, José María Contursi. Y aunque Carlos Bahr no estableció como ellos un estilo definido, su gravitación dentro del género y de esa generación fue incuestionable.

Carlos Andrés Bahr nació en Buenos Aires, en la calle Almirante Brown, pleno barrio de la Boca, en inmediaciones de la vieja cancha de River Plate (club de fútbol). Fueron sus padres don Augusto Bahr (alemán oriundo de Hamburgo) y Colette Dierken (francesa). Antes de Carlos Andrés, habían nacido dos hermanos, Guillermo y Emma.

El padre, marino, era propietario de un barco ballenero, y cuando se desencadenó la primera guerra mundial, en 1914, partió para Europa con su nave para ponerse al servicio de su patria. La partida fue lo último que se supo del marino. Supuestamente habría llegado a Hamburgo, pero ahí se perdió todo rastro. Su nieto, Carlos Alberto Bahr, ha realizado innumerables gestiones a través de la Cancillería y otros organismos, pero sin resultado positivo. ¿Torpedearon el barco? ¿Fue aceptado en la Armada Alemana? ¿Qué fue lo que ocurrió con este hombre y su nave? Un misterio que quedó en la familia y al cual ésta sigue procurándole una respuesta.

Este suceso resintió la economía hogareña, y los Bahr se mudaron a Bernal (suburbio de la ciudad de Buenos Aires). Carlos concluyó los estudios primarios y luego fue ganado por la calle.

Desempeñó algunas ocupaciones ocasionales; incluso estuvo en la escuela de máquinas de la Marina de Guerra. Pero la bohemia, la lectura y la literatura lo atraparon temprano. Dejó la casa y se aventuró en la calle, viviendo como podía y en donde podía, sin domicilio fijo, escribiendo siempre. Periodismo, teatro, poesía especialmente, pero sin ningún resultado trascendente. Y así, desordenadamente, fue formándose.

Leía con voracidad todo cuanto llegaba a sus manos y logró, con tenacidad de autodidacta, alcanzar un importante nivel intelectual (por su cuenta logró dominar tres idiomas: alemán, francés e italiano). De esa época de bohemia y juventud es la siguiente quijotada: cuando comenzó la guerra civil española, decidió irse a España para luchar en favor de la República. Llegó hasta Montevideo (República Oriental del Uruguay), donde pensaba embarcarse, pero no logró pasar la revisación médica, pues le detectaron una afección pulmonar y fue enviado de vuela a su patria.

Después de este regreso es cuando comienza su firme orientación hacia la canción popular. Es a mediados de la década del 30, y al llegar el año 1940 se inscribe en la lista de los más destacados letristas del tango que jerarquizaron su literatura. Es también en ese tiempo que su vida comienza a ordenarse.

En Radio Porteña conoce a la cancionista Lina Ferro, vinculación que luego se extiende a un trato más asiduo en la Academia PAADI, de sus amigos Luis Rubistein y Fidel Pintos, donde Lina Ferro estudiaba. Al final, pese a la diferencia de edad -ella era bastante menor que él-, terminaron enamorándose. Se casaron en l942 y se fueron a vivir al barrio de Almagro, en Medrano y Corrientes; más tarde se establecieron definitivamente en Pringles y Corrientes. De ese matrimonio nacieron dos hijos Carlos Alberto e Inés Maria.

Y una inexplicable contradicción. Pese a haber sido Carlos Bahr autor de una enorme producción, con un alto porcentaje de gran difusión y popularidad, no obtuvo de SADAIC (Sociedad Argentina de Autores y Compositores) nunca una retribución acorde con la importancia, en calidad y cantidad de esa obra. Para atender las necesidades de su familia tuvo que ayudarse siempre con otras actividades. Como también estuvo familiarizado con la entomología, fabricó y vendió personalmente cuadros con mariposas disecadas, comercializó porcelanas y otras cosas, en fin, permanentemente tuvo que ayudarse con ingenio, habilidad y perseverancia para vivir con decoro.

Posiblemente, el haberse ocupado con mejor disposición del destino de su trabajo, y acomodado un poco sus exigencias a la burocracia y a la política las cuales ha estado sometida siempre la gran institución recaudadora, le hubiesen reportado una mejor defensa por parte de ésta de sus intereses autorales. Pero este tipo de gestiones para Carlos Bahr -un hombre con estrictas normas de ética y de conducta- significaban, desde su óptica, una especie de renunciamiento a esos códigos. Y siguió produciendo y "quedándose en casa".

Así fueron pasando los años, adaptado a la austeridad que le imponía una modesta jubilación y a las magras liquidaciones de SADAIC. Pero exteriorizando siempre la dignidad que caracterizó todos los actos de su vida.

Su vocación literaria, ya manifiesta cuando tanteaba otras disciplinas para las que no encontró el campo apropiado, lo fue arrimando paulatinamente hacia la canción popular. Con un bandoneonista de su barrio, Alfonso Gagliano, se inició con sus dos primeros títulos "Cartas viejas" (vals) y el tango "Algo bueno". Esto ocurría por 1934 o 1935. Un año después, su vinculación con otro bandoneonista Roberto Garza (José García López), le hizo tomar más confianza y seguridad. Con él compuso su primer éxito, el tango "Fracaso", que llevó al disco Mercedes Simone el 21 de abril de 1936 («Llevao por un ansia que quiere ser muerte / castigo mis noches con vago ademán, / y fallan mis manos que buscan perderte / porque en cada impulso te vuelvo a encontrar»).

Este acercamiento a Roberto Garza –entonces integrante del conjunto que secundaba a Mercedes Simone- fue el peldaño donde pisó fuerte Carlos Bahr en sus primeros intentos. A "Fracaso" le siguió otro tango, "Maldición", siempre en yunta con Garza, del cual "La Negra" Simone dejó un buen registro el 1 de septiembre de 1936. Hasta que en l938 Carlos Bahr obtuvo el primer premio en un concurso de milongas organizado por SADAIC, con una obra compuesta con el bandoneonista José Mastro (José Mastropietro), titulada "Milonga compadre", que llevó al disco Pedro Laurenz el 12 de mayo de 1938, con la voz de Juan Carlos Casas («Me largó un candombero,/ me agarró un mayoral,/ y entre blancos y negros/ aprendí a milonguear»).

Cuando arranca la famosa década del 40 comienzan también los títulos consagratorios de Carlos Bahr. Uno tal vez, en el pique de esa primera hornada, podría ser "Desconsuelo", un tango con música de Héctor María Artola, bandoneonista y director al cual estaría asociado en muchos éxitos, "Tango y copas" y "Marcas", entre otros. Su producción más exitosa fue con el pianista Manuel Sucher: "En carne propia", "Prohibido", "Precio", "Muriéndome de amor", "Nada más que un corazón" y el bellísimo "Dónde estás". Seguirá toda la década produciendo impactos a granel, conectado con los más importantes compositores y muy cerca de los músicos de las más importantes orquestas, junto a los cuales irá produciendo sus trabajos más trascendentes. De todas esas vinculaciones la más estrecha posiblemente haya sido la que mantuvo con el grupo de Miguel Caló, con cuyos integrantes alcanzó no pocos sucesos: "Mañana iré temprano", "Pecado", "El mismo dolor", "Canción inolvidable" (Francini); "Cada día te extraño más", "Corazón no le hagas caso", "Cuando talla un bandoneón" (Pontier); "Caricias perdidas" (Stamponi); "Valsecito", "Con la misma moneda" (Caló); "De vuelta", "Estás conmigo", "Como una de tantas" (Lázzari); "Gracias" (Elías Randal); "Sin comprender", "Siempre", "Quise ser un Dios" (Nijensohn); "Cosas del amor" (Domingo Federico).


De ese acercamiento a la orquesta de Miguel Caló -entre otros tantos éxitos que se dieron a conocer a través del conjunto y en ese tiempo- quedó uno como modelo de lo que es un tango canción. Me estoy refiriendo a "Mañana iré temprano", cuya música pertenece a Enrique Mario Fancini. Esta hermosa melodía del entonces primer violín de la orquesta de Caló, tan sentida, tan pulcra, tan dolida podríamos decir, encontró el tratamiento literario en Carlos Bahr que su bellísima profundidad reclamaba. La sugerencia de esas notas era de tristeza y no podía recibir el aporte de una historia que no respirara el mismo clima. La obra, tan estupendamente concebida, llegó al disco el 10 de agosto de 1943, y contribuyeron a su exaltación otros dos factores. Primero, el admirable arreglo instrumental de Osmar Maderna, con amplio lucimiento de los tres instrumentos básicos de la orquesta de Caló: bandoneón (Armando Pontier), violín (E. M. Francini) y piano (Osmar Maderna). Y segundo, la magnífica interpretación vocal de Raúl Iriarte, que dio con el énfasis justo para expresar esa historia. Nada de desbordes dramáticos ni de acentuaciones lloronas, tentación a la que podrían haberlo inducido los versos. Sin embargo, la angustia y la aflicción del protagonista fueron expuestas únicamente por intermedio de la voz.

Esa versión de "Mañana iré temprano" fue, es y seguirá siendo un clásico de nuestra música popular. Existe, además de la versión de Julio Sosa, otra importante grabación de esta composición a cargo de la orquesta de Osvaldo Fresedo, con la voz de Oscar Serpa.

Originalmente publicado en "Tango y Lunfardo" Nº 108, Chivilcoy, 16 de agosto de 1995. Director: Gaspar J. Astarita.

Bajour, Simón

Por Julio Nudler

Violinista
(4 de abril de 1928 - 8 de febrero de 2005)
Nombre verdadero: Szymsia Bajour

Nació en Nasielsk, un pueblito cercano a Varsovia (Polonia). No había ningún músico en la familia, ni nadie que lo impulsara hacia la música. Sin embargo, a los cinco años sintió ardientes deseos de aprender violín.

Los padres tenían un café, que por estar situado frente al teatro del pueblo era frecuentado por artistas. Un día su padre, Samuel, trajo una radio para que a las tertulias del café no les faltara música. Con ella Szymsia captó Radio Budapest y se fascinó con un violín gitano. El padre le regaló entonces uno de juguete, que él rompió de rabia porque esperaba un violín de verdad.

Poco después comenzó a estudiar con un profesor del pueblo, que meses más tarde empezó a llevarlo dos veces por semana a Varsovia para tomar clases con William Kryshtal. Con apenas 9 años tocó como solista el concierto de Mendelssohn con la orquesta del Conservatorio, conducida por Kryshtal.

Los padres se casaron en Polonia y partieron con sus tres hijos a la Argentina, antes de la guerra. Samuel ya había estado en nuestro país donde permaneció diez años y se había naturalizado.

Al padre no le fue muy bien en su segunda etapa argentina, iniciada en 1937. Y a esa penuria económica se debió la entrada de Szymsia al tango que, hasta entonces, no le había atraído. Le molestaban los malos violinistas del género, salvo Elvino Vardaro, por su muy buena técnica. También rescataba a Bernardo "Tito" Sevilla, de la orquesta de Pedro Maffia.

Quizá, la primera reconciliación con el tango se produjo en 1939 al escuchar a Raúl Kaplún desde la vereda del Club Añasco. Se presentaba Miguel Caló y Kaplún, primer violín de la orquesta, esperaba el comienzo entreteniéndose con unos pasajes de Paganini.

En el verano del '42, salió un aviso en el diario pidiendo un violinista para un sexteto que animaría los bailes de carnaval en un club de Villa Ballester. Como demostración ejecutó un trozo de concierto, lo que causó una tremenda impresión. De inmediato, le ofrecieron 11 pesos por noche. Como él nunca había tocado un tango ni sabía tocar a la parrilla, le escribieron su parte, que rápidamente aprendió. Y así empezó a tomarle el gusto. A partir de entonces fue convocado constantemente para tocar en orquestas secundarias que suplían a las de cartel. Estas hacían los cambios, durante los fines de semana, en el cabaret Tibidabo, a Pedro Maffia por las tardes y a Aníbal Troilo por las noches.

Ingresó luego a la orquesta de Tito Martín, que directamente tocaba con los arreglos de Juan D'Arienzo. Actuaba en el "Tabarís", con el protagonismo central de Los Hawaian Serenaders, que hacían ritmos internacionales. El tango tenía que estar, pero les bastaba con una orquesta de segundo orden.

A 7 años de su llegada al país, Szymisia había dejado de ser un gringo para convertirse en un porteño absoluto, conocido por todos como el Rusito Simón. A diferencia de los otros músicos, que al concluir cada vuelta en el cabaret se encerraban a jugar a los naipes o a los dados, él instalaba su atril donde pudiera para estudiar. Troilo lo descubría en esos ejercicios y se sentaba a escucharlo. Entonces Szymsia le regalaba pasajes de alguna sonata y Pichuco lagrimeaba, lo abrazaba, lo besaba con ternura.

En cierto modo, a Bajour lo ayudaron las circunstancias, ya que llegó al tango cuando éste reclamaba músicos cada vez más preparados. Los colegas lo admiraban y se sentían felices por sus triunfos en la música clásica. En cambio, en el ambiente sinfónico, cargaba con el estigma de ser un tanguero, lo que le impedía ser considerado un maestro. De hecho, esto pesó sobre él y lo condujo a guarecerse tras el seudónimo de Tito Simón cuando compuso el tango "Duele más", que Di Sarli grabó a fines de 1956.

En el café de Corrientes y Libertad, cerca del "Tibidabo", Szymsia tenía una mesa exclusiva desde las diez de la noche. Si alguien quería ubicarlo sabía dónde hacerlo. Y si no estaba y resolvía esperarlo, podía sentarse a esa mesa y consumir lo que quisiera, que todo iba a la cuenta de Simón. De igual modo, Miguel Nijensohn tenía su mesa en el Bar Suárez, de Corrientes esquina Montevideo.

Ingresó en 1945 a la orquesta del violinista Roberto Dimas, que actuaba por las tardes en el café Marzotto. Dimas le daba libertad para improvisar y Szymsia comenzó a desplegar así acordes, dobles cuerdas y variaciones que luego fue sello de Enrique Francini.

Además de tocar con Florindo Sassone en algunos bailes, integraba regularmente la orquesta de Edgardo Donato, en los tiempos en que cantaba con ella Leoncito Zucker, bajo el seudónimo de Roberto Beltrán. En ella conoció a Emilio Balcarce, quien le ofreció, tiempo después, ocupar el primer atril de la orquesta acompañante de Alberto Marino. Se repartían los solos en aquel vértigo de presentaciones en el café Marzotto y en el cabaret Ocean, en Radio Splendid, en los bailes de cada fin de semana y en las sesiones de grabación en Odeon.

También, estuvo con Roberto Caló, junto a Leo Lipesker y Natalio Finkelstein, en la Confitería Nobel, en la calle Lavalle. Después de algunos tangos, Caló solía anunciar un pequeño recital de música clásica por Bajour, acompañado por Julio Medovoy, pianista de la orquesta. También tocó con Carlos Demaría, junto a Lázaro Lipesker y a Manolo Sucher en el piano.

En 1950, se incorporó a la aclamada orquesta de Carlos Di Sarli, en la que le tocó hacer desde el célebre solo de "A la gran muñeca", (que grabó dos veces, primero en RCA-Victor y luego en Music Hall), hasta los pajaritos de "El amanecer". Allí conoció al cantor Oscar Serpa, un apasionado de la música impresionista francesa, que solía cantarle pasajes de Ravel y Debussy. Con Di Sarli cubrió dos prolongadas etapas. La primera abarcó hasta 1955. Ese año, mientras él se hallaba en una extensa gira haciendo música de cámara, los músicos de Di Sarli desertaron en masa para formar "Los Señores del Tango".

El director necesitaba rehacer su orquesta y le propuso a Szymsia, ya retornado, el ingreso de los cuatro violinistas que lo acompañaron en la gira, todos de la Sinfónica Nacional: Carlos Sampedro, Saúl Michelson y Elías Slon (en reemplazo de Sampedro y de Michelson se integraron luego Bernardo Stalman y Luis Vidal). Aquella majestuosa cuerda disarliana contaba además con Elvino Vardaro, Carlos Arnaiz, Antonio Rossi y Juan Scaffino.

Bajour entró en la Sinfónica en 1949. Para ese entonces, contaba con sólo 21 años y superó el concurso pese a su falta de antecedentes y a que su lectura a primera vista no era óptima. En 1955, renunció porque económicamente actuar con Di Sarli le significaba mucho más.

No obstante, Bajour integraba simultáneamente otras orquestas de menor arrastre, algunas de ellas de gran calidad. En los bailables vespertinos de cuatro horas que emitía Radio El Mundo, llegó a tocar con todas las orquestas típicas que se turnaban ante el micrófono. Un mismo domingo de 1957 tocó con Di Sarli, Joaquín Do Reyes, Alberto Mancione y Miguel Caló. Por la misma época integró "Los Astros del Tango", exquisito conjunto de Argentino Galván en el que Szymsia formó pareja con Vardaro o con Francini.

De Galván, precisamente, habían sido las instrumentaciones de la orquesta Stampone-Federico, que Atilio y Leopoldo encabezaron entre 1952 y 1953 y de la que Szymsia era primer violín. Actuaron en el "Tibidabo" y por Radio Belgrano, dejando en el disco una antológica versión de "Criolla linda", con un valioso solo de Bajour. Aquella era la primera oportunidad en que sentía satisfacción por tocar en una orquesta. Hasta ese momento sólo había experimentado esa sensación como oyente, cuando se quedaba en el Tibidabo a escuchar a Troilo. Szymsia y Federico, en dúo de violín y bandoneón, grabaron en una hoy inhallable placa "Introducción y Rondó caprichoso", de Camile Saint Sans.

En 1959, dejó a Di Sarli para intervenir en el VII Festival de la Juventud, celebrado en Viena. Durante la travesía en barco recibió un telegrama de Osvaldo Pugliese, ofreciéndole que tras el Festival se sumara a su orquesta en Moscú. De ese modo compartió aquella histórica pero poco memorable gira por la Unión Soviética y China, con un espectáculo improvisado que se presentaba ante públicos que, carecían de información previa. Para los rusos, lo argentino era Lolita Torres y esperaban de Pugliese algo parecido.

Con Piazzolla se habían conocido en el Tibidabo. Entre ellos se estableció una gran amistad. Bajour fue luego el primero en tocar como solista "Tanguango", estrenado en 1950 por Simón en el cine Sevilla, de La Paternal, ante el propio Piazzolla. Su vinculación con Astor llegaría a su etapa culminante cuando se convirtió en el violinista inicial del Quinteto Nuevo Tango. Pero al día siguiente de grabar el primer long play, en 1961, y de dejar registradas las partes de violín para la música del film "Quinto año Nacional", partió a La Habana, contratado como concertino de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba.

En 1975, Ben Molar produjo un disco, "Los 14 de Julio De Caro", convocando a grandes solistas. En una de las bandas, la única ejecutada por un solo instrumentista, Bajour despliega una elaborada versión de "Todo corazón", sobre un arreglo de Luis Stazo y del propio Bajour.

Extraído del libro "Tango judío. Del ghetto a la milonga", Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1998.

balcarce, Emilio

Por Alberto Heredia

Violinista, bandoneonista, director, arreglador y compositor
(22 de febrero de 1918 19 de enero de 2011)
Nombre verdadero: Emilio Juan Sitano

Tolamente un grande puede entregar un arreglo orquestal a Aníbal Troilo y no sufrir el implacable tormento de la goma de borrar de Pichuco, de la que no se salvaba nadie. Ese raro privilegio se produjo en 1958, cuando Emilio Balcarce, en su condición de orquestador, entregó las partituras de “La bordona”, su obra más significativa por la belleza de su melodía, que suena siempre actual a pesar del tiempo. Ya era el inspirado músico que había transitado el pentagrama en todos sus sentidos y que, penetrando en los secretos de la perfecta armonía, daba forma a los mejores sonidos de las más importantes orquestas.

Enamorado de la música, su sangre se nutre de la savia del tango y el dos por cuatro circula por sus venas, desde el momento mismo en que sus dedos acarician las cuerdas de su violín y trasmiten su sentimiento a la botonera del “fueye”, al que llegó por propia determinación, para hacerlo llorar o cantar al influjo de su fuerza expresiva, la dulzura de sus matices y lo armonioso de sus acordes.

Apenas llegada la mayoría de edad y luego de haber pasado por el conjunto de Ricardo Ivaldi, forma su propia orquesta, cuya continuidad posterga para adornar con su violín la del maestro Edgardo Donato. Su inquietud lo lleva a formar nuevamente su orquesta propia, contando con la participación de quien seria luego uno de los grandes de la historia del tango: Alberto Marino.

Desvinculado Alberto Castillo de la orquesta de Ricardo Tanturi, este le encomienda la dirección de la orquesta que lo acompañará como solista, logrando grandes éxitos como “Manoblanca”, “Anclao en Paris”, “Charol” y “Amarras”. Alternando su actividad con otras grandes figuras, vuelve a formar orquesta a pedido de Alberto Marino, quien desvinculado de Aníbal Troilo, se lanza como solista, produciendo éxitos inolvidables como “Organito de la tarde”, “El motivo”, “Desencuentro”, “La muchacha del circo”.

Con sus enormes conocimientos de instrumentos, armonía y contrapunto, comienza a incursionar en el arreglo musical, en que debe aplicar no solo su talento, sino interpretar el alma, el gusto y la voluntad del músico director para el cual está escribiendo. Así se va empapando del espíritu de aquellos para los cuales hace los arreglos, penetrando en sus secretos más íntimos e imprimiendo un sello propio a las orquestas de Aníbal Troilo, Alfredo Gobbi, Francini-Pontier, José Basso, Leopoldo Federico, entre otros.

Nuevamente en la ejecución, se incorpora en el año 1949 a la orquesta de Osvaldo Pugliese, en la que comparte la línea de violines con Camerano, Cacho Herrero y Carrasco, formación brillante en que lucen como bandoneones Osvaldo Ruggiero, Jorge Caldara, Gilardi y Castagnaro, con Aniceto Rossi en contrabajo y el maestro desde el piano. También hace su aporte como arreglador, imbuido del estilo impuesto por Pugliese y Ruggiero. Además, la orquesta graba, en septiembre de 1949, su tango “Bien compadre”.

Posicionado como segundo violín —Herrero era el primero—, son dignos de recordar sus trabajos en “El tobiano”, “Pasional”, “Si sos brujo”, “Caminito soleado”, “Por una muñeca”, “Nonino”, entre otros de gran jerarquía. Luego de 20 años, en 1968 decide tomar nuevos rumbos y con sus compañeros Osvaldo Ruggiero, Víctor Lavallén, Cacho Herrero, Julián Plaza, Aniceto Rossi y Jorge Maciel, forman el Sexteto Tango, que con su pluma adquiere un estilo muy rico, cercano al de Pugliese.

Con este conjunto viajan a Japón, Francia, Rusia, España, Holanda y todos los países de Sudamérica. Tras muchos años de actuación el sexteto va teniendo algunos cambios y Emilio decide retirarse radicándose en la ciudad de Neuquén. Pero el destino dispone otra cosa y es así que, en el año 2000, un músico joven, Ignacio Varchausky, propone a la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires crear una orquesta que recree el espíritu y los estilos de la década del ’40 para la enseñanza de las nuevas generaciones. Así nace la Orquesta Escuela de Tango, designándose a Balcarce como su director.

Se aboca entonces a trasmitir a los alumnos el conocimiento de los estilos más significativos de aquellas orquestas, a partir de los arreglos originales de las mismas. El curso es de dos años de duración y los alumnos van recogiendo la enseñanza de lo que no está escrito: formas de expresión, apoyaturas, acentos, matices, “yeites” y la espontaneidad que se recoge en los ensayos para enriquecer las melodías. Con una formación muy afiatada, han egresado ya varias camadas de jóvenes músicos llegados desde diversas latitudes. Importantes maestros apoyaron la tarea como invitados: Julián Plaza, Ernesto Franco, Horacio Salgán, Leopoldo Federico y Alcides Rossi, entre otros.

En París, la orquesta contó con la participación de maestros de la talla de: Néstor Marconi, José Libertella, Atilio Stampone, Rodolfo Mederos y Raul Garello.

Dos discos: “De Contrapunto” y “Bien Compadre”, son el testimonio de las excelentes interpretaciones realizadas bajo su experta batuta.

Y como dijo Ignacio Varchausky: «Emilio Balcarce es realmente un maestro, pues enseña; su música y el amor por la música enseñan, su tango y su amor por el tango enseñan. Nos enseña sin darse cuenta y no se da cuenta, porque muy raramente se propone enseñar nada, sino simplemente compartir lo que él sabe y siente. Cada acento, cada arrebato, cada efecto que él pide, es una forma de acercarnos más a lo que él denomina “expresión porteña” y que de a poco empezamos a entender. Hablar de Emilio es hablar de lo mejor que tiene el tango; ese Tango que tanto orgullo nos da disfrutar y compartir con el mundo sabiéndolo nuestro».

Simpático, risueño, abierto al dialogo, deslumbra a la gente que embelesada, bebe de su sabiduría y se refugia al abrigo de la paz que irradia su figura.

Es un maestro que transitó las calles de su Villa Urquiza, viviendo con la gente, con sus anhelos y sufrimientos, que entiendió de las penas y alegrías ajenas. Admirado por sus pares, por sus alumnos y por el gran público, trabajó hasta su último día, con gran entusiasmo, creando nuevos arreglos para sus alumnos.

Baliotti, Armando

Por Delia Nélida Baliotti

Pianista, director y compositor
(5 de octubre de 1905 – 1 de noviembre de 1982)

Nació en la calle Salcedo y Boedo. Su educación primaria la realizó en la escuela de Boedo 657 y sus años de secundario los cursó en el colegio Salesiano “San Francisco de Sales”. Aprendió música en el conservatorio ubicado en Boedo y Las Casas, siendo directores del mismo los padres de quien sería el gran amigo de papá, Carlos Giampé, con quien compuso temas tales como: “Ahora no me conocés”, “Los años pasan”, “A la madre”, “Majestuoso”, “Así lo quiso Dios”, “Te lo digo francamente”.

Adolescente, usaba pantalones cortos (como era costumbre) y medias largas (para disimular), acompañando las funciones de cine mudo desde el piano, en la sala Los Andes, de Sáenz y Caseros. Por esa época también tocó el piano en el café El Alba, de la esquina de Sáenz y Esquiú. Sus comienzos fueron con Domingo Scarpino en un café de Parque Patricios, teniendo como compañeros, en un quinteto, al nombrado Scarpino y Julio Vivas (bandoneones) y Marcos Larrosa y Luis Adesso (violines).

Sigue con Scarpino y, al regreso de una temporada estival en Mar del Plata, se presentaron en el entonces cine-teatro Astral. Separado de su compañero, actuó en la orquesta de Francisco Pracánico en el Chantecler y, más tarde, en el sofisticado Rendez-Vous. En el Astral fue pianista de la orquesta de Miguel Caló (1929), que integraban: el director y Alberto Cima (bandoneones), Raúl Kaplún y Luis Adesso (violines), y Rodolfo Duclós (contrabajo). Eran los cantores Roberto Maida y Carlos Dante.

Tras unos meses, se alejó y formó, como director, su primera orquesta para debutar en el cine Moderno. Lo acompañaban Kaplún y Domingo Mancuso (violines), César Ginzo y Haroldo Ferrero (bandoneones) y Luis Adesso, aquí como contrabajista.

En 1930, se inició el rubro Baliotti-Ginzo, presentándose en el cabaret Imperio, con el reemplazo de Ferrero por Luis Attadía. El diario Crítica organizó, en 1933, un concurso de tangos en el estadio Luna Park, los directores obtuvieron el segundo premio por su tango “El tábano”, que grabó Osvaldo Pugliese, el 13 de junio de 1946.

Se separó de Ginzo en 1934 y formó un sexteto para presentarse en Radio Stentor, el cantor era Orlando Medina. En esa misma emisora, formó el trío Alsina-Serna-Baliotti. Su actividad prosiguió con nuevas formaciones orquestales o bien, conjuntos reducidos.

En 1939, se presentó en el Bar Pellegrini con una nueva agrupación formada por: Alfredo Gobbi, Mancuso y Antonio Blanco (violines), Eduardo Del Piano, Armando Blasco, Attadía y Benito Calvá (bandoneones), Adesso (contrabajo) y el vocalista Roberto Darwin.

En 1959, creó "Cinco maestros del tango", con Roberto Dimas (violín), José Padula y Mario Maffia (bandoneones) y Mario Monteleone (contrabajo). Actuaron en Radio Belgrano, hicieron giras por el interior del país y grabaron para el sello TK.

También conformó un rubro Aieta-Baliotti, con Dimas y Salvador Greco (contrabajo). Recorrieron diversas ciudades durante cuatro meses al año y se presentaron en Radio Splendid, donde apareció el aporte vocal de Héctor Pacheco, ahora son "Cinco estrellas del tango" y en 1961 se conviertieron en el "Sexteto Argentino de Tango", con Mario Maffia, Padula, Dimas, Greco y la voz de Osvaldo Chazarreta. Grabaron para el sello Pathé.

Como compositor su primer tema data de 1926: “Bacán”, que fuera presentado por la orquesta de Osvaldo Fresedo. Otros títulos de su autoría; “Noctámbulo”, “Soñador”, “Orgullosa”, “Señores yo soy del centro”, “Desaliento”, Óyeme mamá”, “A las siete en el café”, “No son siete, con catorce”, “Toda una vida”, “Ahora no me conocés”, “Trasnochando” y otros, hasta completar los 158 títulos que tiene registrados.

Además de su prolífico trabajo artístico, fue miembro fundador de SADAIC, siendo un apasionado defensor de los derechos intelectuales de los músicos, razón que lo llevó a incorporarse reiteradas veces a su directorio, junto a su muy apreciado amigo Santiago Adamini, autor de las letras de varios de sus temas.

Mi padre fue un soñador, un alma buena, gran amigo de sus amigos, que a lo largo de su vida fueron más que numerosos y que lamentaron con pena su partida definitiva.

Baltar, Amelita

Por José Pedro Aresi

Cancionista
(24 de septiembre de 1940)
Nombre completo: María Amelia Baltar

No es fácil introducirse en el mundo artístico de Amelita Baltar, una figura del canto que se entronca en el tango por caminos no tradicionales. Ella no es la "piba de barrio" que alcanza notoriedad, después de haber pasado el examen de cantar ante familiares y amigos, de haber actuado en concursos que buscan "la nueva voz" o transitado boliches tangueros.
Amelita llega al gran público luego de su paso por la canción folklórica, interpretando baladas que apenas rozan el tango y se involucra, quizás sin proponérselo, en la eterna polémica que todos conocemos. Muchos la consideran un "invento" de Piazzolla, otros dicen apreciar en ella una nueva voz alucinada y sensual, enraizada en la canción rioplatense.

Irrumpe en escena integrada al binomio Piazzolla-Ferrer en un momento muy especial, que el comentarista Néstor Dante González describe así: "La ciudad está pariendo trillizos, dos locos y una loca que revolucionan el tango, la música ciudadana o como le quieran llamar, me da lo mismo, pero que llevarían el perfume de Buenos Aires absolutamente a todos los rincones del mundo. El músico (Piazzolla), el poeta (Ferrer) y la cantante (Baltar) hicieron algo absolutamente nuevo y que como todo lo nuevo tuvo naturalmente sus detractores y sus admiradores."

Amelita se sitúa así en el epicentro de nuevas formas musicales y poéticas que pretenden mostrarse diferentes y que algunos se empeñan en bautizar como tango de vanguardia.


Amelita con su perro Pantaleón
Nace en lo que erróneamente se denomina Barrio Norte, designación que, si bien no existe catastralmente, define una parte bacana de la ciudad, hoy el hábitat del "porteño bien", pero que tiempo atrás coexistió con los conventillos.

Cursa sus estudios, hasta recibirse de maestra en el colegio "la Annunziata". Toma clases de guitarra con el maestro Vicente Di Giovanni y de canto con María Contreras. A los veintidos años comienza su actividad como cancionista integrando el "Quinteto Sombras", con quien graba sus primeros discos. A principios del año 1968, ya como solista, registra su primer disco larga duración, con el cual obtiene el premio mayor en el Festival del Disco de Mar del Plata.

Quiso el destino que Astor Piazzolla la escuchara cantar y atraído por su ronca voz de "mezzosoprano", le ofreció participar junto a Héctor de Rosas en la operita "María de Buenos Aires", que inicialmente había comenzado a ensayar Egle Martin. Sobre este episodio cuenta de Rosas, que cuando Piazzolla se vio en la necesidad de buscar una reemplazante, él lo acompañó a una peña folklórica para escuchar a "la Baltar" y lo primero que elogió Astor al conocerla, no fue precisamente su voz, sino sus piernas.

Sin saberlo, había llegado para Amelita el "punto bisagra" de su vida artística, pues de ahí en adelante se convirtió en la voz más representativa del rubro Piazzolla-Ferrer. Estrena todas sus obras y en especial, el 16 de noviembre de 1969, aquella de la cual jamás podría separarse: "Balada para un loco".

Acompañando a Astor actúa en diversos escenarios nacionales y extranjeros, haciéndolo además en las televisiones francesa, italiana, suiza y alemana; estrenando en esta última el oratorio de "El Pueblo Joven". En el año 1972 estrena "La Primera Palabra" en el Festival Onda Nueva de Caracas y unos meses más tarde "Las Ciudades" en el Maracanãzinho de Río de Janeiro.

Su canto nunca pretendió ser popular. Ella era una "pieza" que adornaba a un bandoneón y "decía" las letras escritas por Ferrer, quien al referirse a Amelita comenta: «Con su voz misteriosa, tabacosa, sugestiva y distinta, con su temperamento y autenticidad de mujer del Buenos Aires moderno, creó una nueva manera de interpretar el tango. En su talento, nuestros temas encontraban el eco exacto que nosotros pedíamos.»

Después de separarse sentimental y artísticamente de Piazzolla, se presenta como solista alternando el folklore con el tango, interviniendo en varios espectáculos teatrales y de "music hall". Participa junto a Susana Rinaldi y Marikena Monti, en el espectáculo "Tres mujeres para el show" y con el cómico Jorge Luz en "Cocktail para tres".

Vuelve a Europa para actuar en el "Olympia" de París y también lo hace en las televisiones italiana, francesa y holandesa. En el Festival de Palma de Mallorca es premiada por su interpretación de "Los pájaros perdidos". Después se presenta en Chile y en la ciudad de Los Angeles en Estados Unidos, para luego regresar a Europa, donde reitera sus anteriores éxitos.

Durante esta etapa, sin dejar de cantar los temas musicales de Piazzolla, incorpora a su repertorio tangos de corte tradicional, intentando recrearlos con su particular manera de expresarse.

El suyo fue siempre un estilo de "decir" entrecortado, sensual, bien modulado, pero a mi gusto, lento y falto de matices tangueros. Sus interpretaciones carecen de ritos arrabaleros y exhibe un modo sofisticado, extraño dentro del género.

Sin embargo, a mi juicio, existe una excepción a esta particular manera de cantar. La interpretación que hace en francés, de "Che, tango che" (Piazzolla y Carrier), muestra una disposición no común en ella donde se deja arrastrar por el frenesí tanguero.

Amelita transmite la idea de ser, ante todo, una artista que se vale de la música y las letras, recrea personajes que maneja mediante pausas y con el auxilio de sus manos y brazos, logrando en cada interpretación el clima sensual, poético y misterioso que se propone. Por momentos se muestra en el escenario como una alondra que vuela sobre la escena y en otras como un felino disfrazado de dulzura que busca atrapar a su presa, el público.

Sin posturas y cadencias arrabaleras, se le anima al tango convencional y en este quehacer pone de manifiesto su encanto de mujer seductora. Con sus brazos en alto y su particular tono de voz, cautiva al auditorio y, en mi opinión, hace lo suyo con calidad y calidez.

En la actualidad, Amelita Baltar continúa recorriendo países donde su presencia es esperada y celebrada. Nunca sus presentaciones quedaron libradas a la improvisación. Por el contrario, siempre sus espectáculos fueron previamente estudiados y programados. Ella es una artista y como tal, se ciñe a un libreto que interpreta a la perfección. Por ejemplo, "Balada para un loco" la canta al principio de su actuación y Amelita explica el porqué: «La doy de entrada para no crear el suspenso y así, ya relajada, ofrecer lo que me gusta hacer.»

Filmó dos películas. La primera, en el año 1976, dirigida por Fernando Ayala y Héctor Olivera con el titulo "El canto cuenta su historia", en el cual participaron también destacados músicos e intérpretes del tango y el folklore. Mucho después, en 1990, dirigida por Alejandro Agresti, interviene en "Luba", junto a Elio Marchi, Bozena Lasota y Viveca Lindfors.

Sus testimonios discográficos arrancan de su época de folklorista, ya con Piazzolla estrena y graba muchas obras, entre ellas, "Chiquilín de Bachín", "La bicicleta blanca", "Balada para mi muerte", "Fábula para Gardel", "Los paraguas de Buenos Aires", "Las ciudades", "La última grela" y la ya clásica "Balada para un loco", que grabó en reiteradas oportunidades, en distintas épocas y con diversos acompañamientos musicales. En el terreno del tango tradicional se destacan, "Nostalgias", "Sur", "Che bandoneón", "Los mareados", "Yuyo verde", "Gricel", "De mi barrio" y "Cambalache".

Por último, nada mejor que sus palabras para expresar su íntimo sentimiento: «Estoy cada día más enamorada de mi profesión. Pero nadie es profeta en su tierra. Ahora estoy recibiendo algo que di durante treinta y ocho años, coherencia, seriedad, responsabilidad y las ganas enormes de darme, de subir a un escenario y dejar todo. Hice unos cuantos años folklore y en el año 68, me llamó Piazzolla para que protagonizara "María de Buenos Aires". Yo entré al tango de un modo diferente, empecé por Piazzolla y ahora estoy en el tango tradicional.»

Bardi, Agustín

por Juan Silbido

Pianista, violinista y compositor
(13 de agosto de 1884 - 21 de abril de 1941)
Apodo: Mascotita

Nació en la localidad bonaerense de Las Flores y cursó estudios primarios hasta el tercer grado, luego continuó aprendiendo solo y merced a su vocación musical un tío le enseñó rudimentos de guitarra. Esa aptitud musical se remonta a la niñez, época en que con su familia pasó a residir en la ciudad de Buenos Aires.

Acerca de sus comienzos, Héctor y Luis Bates refieren: «Carnaval perdona todo; durante las fiestas de Momo todo se permite... ¡hasta que un chiquilín de ocho años integre la orquesta de “Los Artesanos”, remedando en la guitarra el arte insuperable de los maestros de la época! Así empezó Agustín Bardi su carrera artística.»

Señalemos que “Los Artesanos de Barracas” constituían una famosa agrupación carnavalesca en la cual Agustín fue mascota.

Colaboró desde muy joven en el sostén del hogar, ingresando en una empresa ubicada en la calle Bolívar, “La Cargadora”, de la que llegaría con el correr del tiempo a desempeñarse como gerente.

Estas obligaciones sin perjuicio de cumplir estudios de violín y piano, estos últimos —ya padre de familia— los complementó con el sacerdote Spadavecchia.

Ya residía en Barracas y comenzó a relacionarse con otros músicos, actuando en diversos locales de la barriada.

Según los autores de “La historia del tango”, debutó como violinista junto a Genaro Espósito “El Tano” (bandoneón) y José Camarano “El Tuerto” (guitarra): «Trío entonces muy solicitado que comenzó a difundir sus primeras composiciones. Data de 1912 “Vicentito”, el primer tango que hizo y que fue escrito por Macchi, pues Bardi aún no escribía música.»

Finalmente optó por el piano, instrumento que se avenía más a sus preferencias.

Posteriormente se presentó en el famoso “Armenonville” y en el salón del Centro de Almaceneros de la calle Luis Sáenz Peña, junto con Samuel Castriota con quien, entre otros, actuaron largos años en el mismo.

Desde su juventud le unió proverbial amistad con los hermanos Greco; inspirándole admiración sincera el autor de “Jagüel”, Carlos Posadas.

Procuraremos trazar en breves líneas la personalidad musical que dentro de sí contenía Bardi. En su alma bullían melodías que solo tras exhaustivo análisis llevaba a la partitura.

Riguroso autocrítico de su labor, no cedía un ápice en cuanto al perfeccionamiento de la misma. Cual novel ejecutante se ubicaba diariamente un par de horas junto al piano; de sus ágiles manos surgían escalas y ejercicios de digitación, abstraído de cuanto le rodeaba. Le deleitaban, por su modulación, los valses de Waldteufel.

Ya en su edad madura emanaba de su cabeza cierto aire profesoral, distaba de poseer espíritu risueño y comunicativo. No nos lleve a suponerle un resentido, ni menos un misántropo. La vida le impuso temprana y constante lucha, debió enfrentar ocasiones adversas y los recursos eran magros. Laborioso y resuelto, veló por los suyos y aún dispuso de tiempo para satisfacer su vocación. No le brindó holgura material su obra musical, acaso ello no le preocupara, pues en definitiva fue un creador que con indoblegable tesón deseaba aprender y acrecentar su saber.

Podemos definirle como músico hasta la fibra más honda e idealista sincero, cuya prematura desaparición le impidió su firme propósito de dedicarse a componer repertorio melódico.¿Supondría exhausta su inspiración para el tango quien nos ofreciera títulos inolvidables?

No precisamente, más bien asociamos que el compositor se hallaba maduro para exhibir los amplios y dúctiles recursos musicales que albergaba en sí.

Su hijo, el profesor Carlos Bardi músico capacitado que desarrolló tareas docentes al frente de conservatorio propio, nos evoca a su padre quien encauzó el despertar de su vocación:

«En no pocas ocasiones escuché a mi padre ejecutar al piano un tango aún no llevado a la partitura y surgido en rapto de espontánea inspiración. Mis conocimientos me permitían juzgarlo técnicamente. “Creo que es magnífico, papá. ¡Escríbelo! Mejor... si deseas lo haré yo mismo”. No demoraba su pausada respuesta: «Hijo, esta mañana mientras arreglaba el jardín bailaban estos compases en mi cabeza. El piano está a mano, y ya ves... no creo que sea para tanto». Encendía un “Particulares”, que fueron sus predilectos, en tanto fumaba despaciosamente bailoteaba con un solo dedo sobre el teclado.»

En 1935 se retiró de “La Cargadora”, pasando a desempeñarse en la firma “Pampa”, casa de rollos para pianola ubicada en Barracas. Similar actividad cumplió posteriormente por su cuenta, bajo la marca “Olimpo”. Según nos aseguró su hijo no realizó labor grabada.

Agustín Bardi se halló entre los fundadores de la sociedad de autores, entidad de la cual fue designado tesorero.

El mismo día de su desaparición comenzó a escribir un tango que no concluyó. Culminó esta tarea el maestro julio De Caro. Ajustado ritmo posee “Sus últimas notas”, así titulado por su hijo Carlos. Esta composición fue estrenada por el conjunto de Joaquín Do Reyes en LRI Radio El Mundo.

Agustín Bardi falleció el 21 de abril de 1941 victima de síncope cardíaco. Marchaba hacia su domicilio ubicado en Bernal y a corta distancia del mismo se desplomó repentinamente sobre la acera. Sus restos se hallan sepultados en el cementerio de Ezpeleta.

Puede calcularse su producción en 70 obras aproximadamente. Predominan en ella los tangos, tres valses y dos rancheras. Permanecen inéditas unas 30 obras, entre los tangos uno dedicado a la morocha Laura, un vals, tres habaneras y cifras criollas.

Enumeraremos seguidamente algunos títulos que llevan su firma. Entre los tangos: “Vicentito”, “Lorenzo”, “Gallo ciego”, “C. T. V.”, “¡Qué noche!”, “La última cita”, “Nunca tuvo novio”, “El cuatrero”, “El rodeo”, “Chuzas”, “Barranca abajo”, “Cabecita negra”, “El abrojo”, “El pial”, “Adiós, pueblo”, “La racha”, “El paladín”, “Independiente Club”, “La guiñada”. “El baquiano”. “El taura”, “Se han sentado las carretas”, “Polvorita”, “Florcita”, “Pico blanco”, “Gente menuda”, “El buey solo”, “La última cita”, “Tiernamente”, “Tierrita”, “Rezagao”, “Misterio”, “Sin hilo en el carretel”, “Amén”, “Florentino”, “Golondrina”, “Cachada”, “No me escribas”, “Madre hay una sola”, “Triste queja”, “En su ley", “Acuérdate de mí”, “Las 12 menos 5”, “Se lo llevaron”, “A la sombra del recuerdo”, “Confidencia”, “Oiga compadre”. Los valses “Flirteando”, “Nocturno” y la ranchera “Tené cuidao”.

Publicado en el libro: "Evocación del Tango", de Juan Silbido, Buenos Aires, 1964.

Bardos Cadeneros

Hernán Lucero (voz)
Carlos Viyer (guitarra)
Juan Lorenzo (guitarra)
Sergio Barberis (guitarrón)


Es un grupo de tango formado por tres guitarristas y un cantor, que rescata un buen repertorio con temas que no se grababan desde hace tiempo.

A partir de abril de 2002 se ha presentado en escenarios muy importantes de nuestro medio. En junio de 2002, el grupo realizó un ciclo a sala llena en el Café Gandhi. También participaron en vivo en el programa "En la vereda", en LS1 Radio de la Ciudad (La Once Diez).

Compartieron escenario con "La Orquesta Escuela de Tango", que dirige el maestro Emilio Balcarce, en El Museo de la Casa de Gobierno de la Nación y participaron de la muestra "Basta de zonceras, Jauretche llega a la Rural", organizado por Nueva Dirección en la Cultura y la Secretaría de Cultura de la Nación.

También realizaron recitales en la bodega del Café Tortoni y en varias ciudades de la provincia de Buenos Aires. A menudo se los puede escuchar en varios de los salones que integran el circuito de milongas de la ciudad de Buenos Aires, como Salón Canning, La Catedral, El Beso, Las Morochas, Dandy, Niño Bien y otros. Durante enero de 2003, Bardos Cadeneros ofreció recitales en Radio de la Ciudad y en la bodega del Café Tortoni.

Hernán Lucero es barítono y estudió canto con Lucía Saborido. Carlos Viyer veterano y experimentado guitarrista, acompañó a una enorme cantidad de cantores, como Alberto Marino y Jorge Vidal. Juan Lorenzo estudió la guitarra con Hugo Romero y Aníbal Arias. Actualmente también toca el guitarrón en el grupo 34 puñaladas. Sergio Barberis estudió en el Conservatorio Nacional e integró el grupo de guitarras de Hugo Rivas.


« ‹ 
1 2  3  4  5