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Achával, Roberto

Roberto Achaval

Cantor, violinista, bandoneonista y compositor
(11 de noviembre de 1930 – 27 de junio de 1996)
Nombre verdadero: Oscar Aníbal Crudeli
Otros nombres artísticos: Carlos Millán, Alberto Randal
Apodo: Cacho

Paredón, tinta roja en el gris del ayer...», iba cantando a media voz, alegremente, las partituras en una carpeta, rumbo a la clases de canto y modulación. El colectivo que debía esperar no tardaría en llegar y se dedicó a llenarse de esa tarde de sol, que Dios le regalaba, mientras se frotaba el brazo porque sentía cierta molestia. Cuando el colectivo había recorrido unas pocas cuadras, sintió que se descomponía. Momentos después, ingresó en la sala de urgencias de un sanatorio, con escasas probabilidades de sobrevivir y lo peor sucedió. Las autoridades no encontraron documentación que pudiera identificarlo. Transcurrieron las horas y “La Negra”, su mujer, que esperaba el regreso para la mateada que acostumbraban con las facturas que traía Cacho, empezó a preocuparse por la demora. Llamó por teléfono y se enteró que Cacho no había llegado a su clase semanal. Nuevas llamadas, infructuosas, hasta la más terrible, la que nunca se espera. Había muerto.

Hijo de Alejandro y Josefa Scalesi, nació en Ingeniero White, partido de Bahía Blanca, Provincia de Buenos Aires. Estaba casado con Juana Dodero, “La Negra”, con quien tenía dos hijos, Mirta y Leonel.

La vocación del canto le llegó desde pequeño integrando el coro de la iglesia y a los cinco años, impulsado por su padre, comenzó el estudio de violín con su tío Alibeo Crudeli. Con ese instrumento debutó en la orquesta de Aníbal “Melón” Troncoso, con quien se presentó en reuniones bailables tanto en “La Siempre Verde” como en “La Sociedad Italiana”, las salas por excelencia de Ingeniero White.

Aprendió a tocar el bandoneón con Luis Bonnat, Aníbal Vitali y Antonio Ríos. Pero cultivó simultánea y permanentemente su afición por el canto.

Ingresó a la orquesta de Luis “Palito” Bonnat, como violinista, hasta que en 1956, ante la ausencia de uno de los cantores, se animó a reemplazarlo y, desde ese feliz momento, continuó como vocalista dejando paulatinamente el arco y el violín. En 1967, interviene en el Festival de La Falda. Su actuación, que obtuvo el segundo lugar, provocó el enojo del Roberto Goyeneche, quien dijo: «¡Cacho era diez mil veces mejor que el que ganó!».

Con su nombre real se inscribe, a instancias de su representante Roberto Piraneo, en el concurso “Grandes valores del tango”, que se emitía por Canal 9 de televisión. Dadas sus condiciones, obtiene un contrato de tres años y es rebautizado: Roberto Achával (tal vez recordando el personaje interpretado por Pedro Laxat, en la película “Fuera de la ley”, estrenada en 1937). Se incorpora al programa “Tropicana Club”, que conducían Chico Novarro y Marty Cosens. Allí obtuvo una aceptación total de la crítica y del público tanto por la prestancia y recia voz, de hondo sentimiento interpretativo, como por su sensibilidad para captar el gusto del pueblo y llegar con un mensaje de amor, siempre sonriéndole a la suerte que no le fue esquiva.

Participó en las formaciones de: Osvaldo Piro, Omar Valente, Baffa y Berlingieri, Osvaldo Tarantino, Roberto Pansera y Panchito Nolé, con quienes dejó registros grabados. También fue acompañado por el piano de Lucio Demare y tiene la especial distinción de ser el último vocalista de Aníbal Troilo, con quien, lamentablemente, nunca grabó. El mismo nos cuenta: «Estaba todo listo para grabar, hasta los temas, “El pescante”, que Troilo nunca había grabado y “Nobleza de arrabal”. Después de un mes y pico de haber estrenado la obra “Simplemente Pichuco”, en el Teatro Odeón, Troilo cometió la torpeza de morirse. Así que al Gordo lo pude disfrutar muy poco». Esta obra a la que se refiere el cantor, tenía un elenco de importantes figuras: Juan Carlos Palma, Alba Solís, Juan Carlos Copes, Horacio Ferrer y Edmundo Rivero.

Leonel, su hijo, recuerda como empezó su relación con Pichuco. Era muy común que su padre fuera invitado a cantar en la orquesta como invitado, cuando El Gordo advertía su presencia en alguno de los tantos lugares donde tocaba. La primera invitación fue en un boliche, “El Bulín”, que estaba en la calle Ayacucho. Ese local tuvo poca vida pero por allí pasaron muchos artistas del tango. Sigue recordando Leonel, que su padre reflexionaba: «Para mí que el Gordo me estaba probando, pero nunca se me pasó por la cabeza que podría ser su cantor, fue como revivir la historia del “Sueño del pibe”. El cantor que dice que no quiere cantar con Troilo, seguramente miente».

Admiradores comunes de Edmundo Rivero, coincidieron en el Viejo Almacén compartiendo el buen tango, en interminables noches matizadas por amigos, músicos, cantores y poetas que allí se reunían. A la distancia, Leonel se sonríe cuando recuerda el día que Troilo llamó a su papá, y su mamá le dijo que estaba durmiendo la siesta. «¡Qué lío!, cuando se enteró Cacho se puso furioso. Menos mal que el Gordo, con esa inmensa sabiduría que da la calle y la noche, lo volvió a llamar. Cuando comenzaron a ensayar, —continúa Leonel— sin que nadie se enterara, “sotto voce”, Troilo le iba dando pautas para alcanzar mayor realce a la interpretación. Ahí tuvo mi viejo la sensación, mezcla de temor y de deslumbramiento, de haber llegado a los umbrales del conocimiento como cantor de tangos».

Realizó giras que abarcaron varios países: Estados Unidos, donde estuvo radicado más de dos años, Brasil, Colombia, Venezuela, Chile y Uruguay. Paseó su voz y su estampa tanguera por 74 ciudades llegando inclusive a Manaus, en medio del Amazonas con el show “Uma Noite em Buenos Aires”, junto con el Sexteto Mayor y Raúl Lavié.

Además, realizó la cortina musical de la serie televisiva “Malevo”, con el tango “Te llaman Malevo”, una telenovela que estuvo casi cinco años en canal 9 y que protagonizaban Rodolfo Bebán y Gabriela Gilli. Actuó en Chile junto a Roberto Pansera y también, en Uruguay, invitado por el cantor Enrique Dumas, quien conducía un programa en canal 5 de Montevideo.

Cuando la muerte lo vino a buscar, estaba en la plenitud de su carrera, actuando como invitado, en la Orquesta “Juan de Dios Filiberto”, dirigida por Osvaldo Piro en el Teatro Nacional Cervantes, espectáculo que transmitía el Canal 7.

Fue siempre el muchacho amable, el del saludo cordial, el de la eterna sonrisa, la mano extendida y el corazón dispuesto. En el escenario, en el bondi, en la calle, compartiendo una copa o un café, un partido de fútbol, un encuentro de amigos o una reunión social, siempre siguió siendo el pibe bueno que conocimos.
En el curso de un reportaje que le hizo Leonel, en LU2 Radio Bahía Blanca, la incomparable Nelly Omar expresó: «¿Así que usted es el hijo de Roberto Achával? Sinceramente un gran señor; no sólo en el escenario, sino abajo donde es más difícil serlo». Su amigo personal Marcelo Guaita, al enterarse de su muerte, filosofó: «Su corazón era un cristal que al fin se rompió».

Adrián, Eduardo

Cantor, autor, compositor, periodista, director de teatro y conferencista
(4 de febrero de 1923 - 23 de mayo de 1990)
Nombre verdadero: Carlos Alberto Eyherabide

Unos amigos le habían conseguido que le tomaran una prueba en una sala de la editorial Julio Korn. Allí estuvieron con Rodolfo Sciamarella de oyente y el acompañamiento de piano a cargo de Oscar Sabino, quien luego integraría durante varios años, la orquesta de Francisco Canaro.

Cuando la música ya había comenzado, quiso la casualidad que entrara Mariano Mores al edificio y un empleado le hizo un gesto para que prestara atención. Mores entró a la sala y al poco rato salió con el cantor rumbo a Radio Belgrano. Allí, Jabón Palmolive auspiciaba un programa donde se buscaba la nueva voz para la orquesta de Canaro. Recordemos que se habían ido de la formación Ernesto Famá y Francisco Amor, con el proyecto de formar su propio conjunto. Quedaba el uruguayo Carlos Roldán, sin ningún otro compañero.

Nunca se sabrá si con ayuda o sin ella, el caso fue que Adrián lo ganó y de inmediato pasó a formar parte del popular conjunto. Comenzaba el año 1941.

Nacido en Mar del Plata y criado en Avellaneda, es probable que sus condiciones naturales para el canto le hayan llegado genéticamente de su madre, la cantante lírica Emma Gismondi, a la sazón, reconocida por él como su primera y dedicada profesora.

Sus antecedentes artísticos, antes de llegar la prueba mencionada, eran escasos, sólo cabe destacar que un año antes se las ingenió para ingresar al coro del Teatro Casino, del que fue el cantor solista casi de inmediato. Por entonces ya tenía un seudónimo: Adrián Lavalle.

Con Canaro llegan de inmediato los discos. El primero, el 22 de octubre de 1941: el vals "Anoche soñé". Luego llegaron "Infamia", "Corazón encadenado", "Es mejor perdonar", "Gricel", "Cada vez que me recuerdes", "Tristeza marina", "Verdemar" y otros, hasta superar los 40 títulos.

Esta primera etapa finalizó a fines de diciembre de 1943. Diecisiete años mas tarde vuelven a reunirse para completar la relación discográfica.

Estar con Canaro era también sinónimo de numerosas actuaciones radiales y giras, formar parte de sus clásicas revistas musicales -que casi todos los años desde 1932 presentaba en Buenos Aires y a continuación en Montevideo-, y amenizar los carnavales en ambas orillas.

En 1942, "Pirincho" estrena en el Teatro Nacional: "Sentimiento gaucho". Como era habitual, con argumento de Ivo Pelay y música suya. Allí estaban la comediante y cancionista Susy del Carril, Carlos Enríquez, "Villita", Cayetano Biondo y en varios cuadros preparados para su lucimiento y lanzamiento definitivo, el joven bailarín Santiago Ayala, "El chúcaro" y sus malambos. Llamó la atención la novedad de la luz negra para estas escenas. Adrián se lucía con: "Viviré con tu recuerdo" y "Corazón encadenado".

Al año siguiente, actuó en la obra "Buenos Aires de ayer y de hoy". Aquí las figuras eran Tita Merello y Tomás Simari. Cantaba: "Y no la puedo olvidar" y a dúo con Roldán "Soñar y nada más" y la marcha "Argentina".

Pasaron 2 años y se convirtió en solista. Firmó un contrato en Radio El Mundo para actuar acompañado por la orquesta de la emisora dirigida por Andrés Fraga, con arreglos de Héctor María Artola.

Su presencia en el Uruguay fue reiterada, aunque llegó poco al disco: dos temas con la orquesta de Emilio Pellejero: "Sueño de juventud" y "Silbando", año 1946. Otros dos con Hugo Di Carlo, en 1950: "Adiós muchachos" y "Puente Alsina". Y dos más en 1954, con la orquesta de Heber Escayola: "Ruega por nosotros" y "Selección de Mariano Mores". Finalmente, en 1969, grabó un larga duración con 12 temas, acompañado por un cuarteto en que estaban Máximo Mori en el bandoneón y Lucio Demare al piano.

Previamente, en 1948, apareció cantando el tango "Uno", en la película argentina "Los Pulpos", actualmente perdida, dirigida por Carlos Hugo Christensen, con la actuación de Roberto Escalada, Olga Zubarry, Carlos Thompson y Beba Bidart.

Es a fines de los '50 que otras facetas comenzaron a distinguirse en sus actuaciones. Da charlas sobre el tango, previas a sus canciones, otras sobre diversos aspectos de la cultura y el arte y, es en 1960 que sorprende cuando se presenta como participante del programa televisivo de preguntas y respuestas: "Odol pregunta". El tema elegido es "Esquilo y el teatro griego". Tras varios programas llegó su eliminación, lo cual paradójicamente le produjo una corriente de afecto por parte del público, ya que había sido mal eliminado por una equivocación del jurado. Así lo hicieron saber especialistas en el tema, profesores de la Facultad de Filosofía y Letras e incluso llegaron protestas desde la Universidad de Oxford.

Organizó y dirigió varios grupos teatrales, uno de ellos llamado "Teatro del tiempo". Realizó giras por Chile y Brasil, viajó a Europa y trabajó para UNESCO.

Entre 1962 y 1968, estuvo radicado en Uruguay, donde aparte de cantar, desarrolló actividades periodísticas. Retornó en 1968 para brindar, con el respaldo de la UNESCO, un ciclo de 38 conferencias para alumnos de los colegios secundarios.

Después, pasó una larga temporada en Mendoza, creó para Radio Nacional su programa "Latitud Tango".

Fue autor de algunos temas: letra y música de "Perdón Madame", "Donde nadie llegó" y "La luna al paredón" (que habría estado en los repertorios de Fresedo y Troilo con Berón). También con música de Francisco Tropoli, "Me voy cantando bajito". Un humilde cantor de un cabaret chileno, fue el inspirador de la letra y el recitado inicial de este dramático tango. Lo vio en plena caída y se apenó mucho. Sus versos finales dicen: «Cuando esté en el escenario donde esperan mis canciones, protéjeme de la gente, que perturba mi muerte. Me voy... me voy cantando bajito, ¡tengo un contrato celeste!»

De los tantos cantores que pasaron por la orquesta de Francisco Canaro, a Eduardo Adrián se le debe prestar una especial atención por la particularidad de su estilo y su afinación. Tenía registro de tenor y un importante caudal de voz. Fue un cómodo fraseador, de tono romántico, que se adaptaba sin problemas a las letras de hondo dramatismo. Era un cantor delicado, lo cual, sumado a su polifacética personalidad, lo convertían dentro del ambiente en una "rara avis".

Cuando lo conoció "Discepolín", exclamó: «Va a ser cuestión de arrodillarse, ¡qué por fin en el país del tango haya un cantor que además sea artista».

Agri, Antonio

(Por Néstor Pinsón)

Violinista, compositor y director
(5 de mayo 1932 - 17 de octubre 1998)
Nombre completo: Antonio Pablo Agri

En alguna de mis frecuentes charlas con Osvaldo Requena, surgió su nombre y me dijo: «Agri, fue un notable intérprete de su instrumento. Hubo el tiempo de Vardaro, luego el de Francini, después el suyo». Y continúa: «¡Que se destaque la palabra intérprete!, porque eso fue lo suyo. La composición recién llegó en sus últimos años. Como director correcto en lo suyo. ¿Y sabés? no sé si sus estudios fueron de más de dos días. Por ahí estoy exagerando, pero no mucho. Fue un intuitivo notable. Utilizaba un violín de poca calidad, pero el sonido era de primer nivel. Se plantaba frente a la partitura, ya que no hacía gala de memorioso —algunos con una leída ya no la necesitan— y allí aparecía su otra virtud. Sin apartarse de lo escrito creaba sus cosas y fijate si lo haría bien, que Piazzolla, que por supuesto lo advertía, se quedaba callado la boca. Es que estaba haciendo un aporte... ¡Ah! si algún importante violinista de hoy te llega a decir que Agri no le gusta, no hagas caso, es asunto de competencia entre colegas. En este momento estoy grabando con un noneto, catorce temas que se van a editar en Japón. Empresarios de allá pusieron el dinero; veremos si llega a nuestro país. Los temas me pertenecen y el primero es mi homenaje a Antonio. Lo titulé “Agridulce”, como es para dos violines, junté a su hijo Pablo y a Fernando Suárez Paz».

En el Libro del Tango, de Horacio Ferrer, encontramos algunas precisiones sobre sus comienzos. Su maestro de música en Rosario, su ciudad natal, fue Dermidio Guastavino. A los quince años, debutó profesionalmente en la provincia de Córdoba integrando un cuarteto. Luego, en Rosario, integró las orquestas de Julián Chera, Lincoln Garrot y José Sala y otro cuarteto: “Los poetas del Tango”, con Antonio Ríos, José Puerta y Omar Murtagh. Además,condujo el Quinteto de Arcos Torres-Agri.

Fue Nito Farace, por décadas violinista de Aníbal Troilo, quien lo recomendó a Astor Piazzolla. Éste lo aceptó y el debut se produjo en abril de 1962, en el Quinteto Nuevo Tango. Más tarde, prosiguió en el Nuevo Octeto (1963). Al mismo tiempo, intervino como refuerzo para algunos trabajos en las orquestas de Osvaldo Fresedo, Horacio Salgán, Mariano Mores, Alberto Caracciolo y Roberto Pansera. En 1968, fue el violín solista de la operita “María de Buenos Aires”, de Piazzolla y Ferrer y en varios discos larga duración. Siguió con Astor en el “Conjunto 9”, grabando para el sello Victor.

Tocó desde su atril en Roma, en Estados Unidos, en el Olimpia de París, en Caracas, en el Brasil, en el Uruguay y también en nuestro Teatro Colón. En 1976, formó su propia agrupación de instrumentos de arco (violines, violas, chelos y contrabajo).

En la década del '90, grabó como solista invitado con la Royal Philarmonic de Londres; en Estados Unidos acompañó al famoso chelista Yo-Yo Ma en su gira de presentación del disco “Yo-Yo Ma soul of tango”, dedicado íntegramente a la música de Piazzolla y, además, se presentó en París junto al virtuoso guitarrista flamenco Paco de Lucía.

Ferrer lo define con precisión: «Marcadas semejanzas de estilo, sensibilidad y temperamento interpretativo con Elvino Vardaro, perfilaron al principio, su personalidad inconfundible. Se destacó por su particular manera de ejecutar y decir la frase, de un modo hondo, rico, que valora y expresa cada nota ejecutada. Vayan como ejemplo su tarea en "Retrato de Alfredo Gobbi", "Ciudad triste", "Los mareados", "Éxtasis", "Romance del diablo", "Milonga del ángel", "Otoño porteño"».

Formó su propio Quinteto, con sede en París, codirigido con Juan José Mosalini y en el que hacía dúo con su hijo Pablo. Y fue cofundador del Nuevo Quinteto Real de Horacio Salgán junto a Ubaldo De Lío, Leopoldo Federico (luego reemplazado por Néstor Marconi) y Omar Murtagh (después, Oscar Giunta).

En la nota necrólogica del diario Clarín, publicada al día siguiente de su fallecimiento, Irene Amuchástegui concluye: «... se había convertido en claro ejemplo de un contraste extendido: en giras europeas concitaba un interés, que no acompañaba ni de lejos un público local. Casi autodidacta, estuvo la mayor parte de su carrera junto a Piazzolla, y sólo dejó de ser su músico cuando optó por un sitio en la Orquesta Estable del Teatro Colón. Años más tarde recordaba: “Astor me dijo de todo, que yo lo dejaba a él por un oscuro atril del Colón, que lo que buscaba era la seguridad de una jubilación. Y tenía razón. Yo jamás trascendí tocando Mozart o Vivaldi. Si llegué a grabar con la Filarmónica de Londres, se lo debo al tango”».

También a raíz de su deceso, Julio Nudler opina para el diario Página 12: «Su historia no se parece a la de otros violinistas del tango, porque no integró ninguna de las consagradas orquestas, su mayor militancia fue junto a Piazzolla desde 1962».

Y continúa: «A los buenos conocedores les bastaran pocas notas para reconocer a Agri, sobre todo por la calidad de su sonido dulce que lo situó en la estela del mítico Vardaro, el primer gran violín que dio el tango, pero además, por sus amplios recursos técnicos que rememoran la línea virtuosística iniciada por Raúl Kaplún y que alcanzó su culminación con Francini. Los entendidos disfrutan con el intenso sabor a tango que lograba a merced de sus golpes de arco, y si lo habían visto alguna vez, imaginaban su postura desafiante, el pecho saliente y las piernas abiertas para afirmarse bien sobre la tarima».

Una frase describe su modestia: «El violín me eligió a mí. Por eso soy músico. Además, como dice Yupanqui, “hay quien deslumbra y quien alumbra”. Yo no pretendo deslumbrar...».

Como compositor podemos mencionar sus obras, "Carambón" y "SP de nada" (Sin pretención de nada), que están en su disco compacto titulado "Antonio Agri-Tango Sinfónico", grabado meses antes de su muerte. También, con aire de tango y junto a José Carli, "Kokoró Kará", que en japonés significa "Desde adentro", registrado en París en 1996 por el Quinteto Mosalini-Agri.

Falleció una madrugada en Buenos Aires. Padecía un cáncer incurable. Sus restos fueron inhumados en el cementerio privado Glorian de Burzaco, provincia de Buenos Aires.

Aguilar, José María

(por Horacio Loriente)

Guitarrista, cantor y compositor
(3 de mayo de 1891 - 21 de diciembre de 1951)
Apodo: Indio

Nació en Montevideo, en la calle 19 de Abril. Fueron sus padres Francisco Aguilar y Cecilia Porrás Zoca.
Siendo un niño, patrocinado por el general Máximo Tajes, ingresa al Instituto Verdi a estudiar música junto con su hermano Francisco Mauro. También tuvo por maestro a Escobar, que vivía en la calle Ciudadela entre Maldonado y Canelones.

Transcurridos unos años, José y Francisco Aguilar, acompañados por su padre, recorrieron el Uruguay. Muchos años después, recordaba Aguilar: «Tocando la guitarra y cantando, anduve por los pagos orientales. En el Paso Molino participaba de veladas criollas entre maestros de payada y contrapunto». El famoso Gabino Ezeiza le hizo unos versos para que los cantara.

Al contraer matrimonio, Francisco dejó las giras, prosiguiendo José con su padre, hasta que se produjo el deceso de su progenitor. Siguió solo y al llegar a Artigas, ayudado por su padrino, el mayor José María Castro, comisario de allí, pasó al Brasil, en medio de grandes dificultades, recorriendo Río Grande del Sur. Vuelve ya mocito a Montevideo, reintegrándose al hogar materno.

En febrero de 1981, nos refería Mario Pardo que, contrariamente a lo expresado con respecto a la vinculación de Aguilar con Valentín Echenique, el encuentro se produjo en un café del bajo montevideano. Echenique lo invita entonces a desempeñar labores rurales en su establecimiento de campo, a unas leguas de Mercedes, alrededor de 1912. Canto, guitarra y doma matizan su presencia allí.

Unos años más tarde, Mario Pardo lo invita para actuar en Buenos Aires. El dúo Pardo-Aguilar debuta en el teatro Empire de la calle Corrientes. Aguilar admiraba mucho a su compañero. De él decía: «para mí, la mejor guitarra del mundo en su estilo». Graban algunos discos juntos, en 1922 y a partir de allí se desvinculan artísticamente.

Aguilar da lecciones de guitarra a distinguidas damas y caballeros de la sociedad argentina, llegando a contar con setenta alumnos. Acompaña a Ignacio Corsini en sus primeros discos Odeon y enseguida —1923— es contratado por la Victor como solista y primer acompañante de los cantores de la época en ese sello. Allí quedan registrados sus primeros tangos: “Ida y vuelta”, “El abrojal” y “El gran técnico”. En la casa Breyer de Buenos Aires fue felicitado por el maestro Miguel Llovet al oírlo interpretar el fox “Nerón”.

José Aguilar era por entonces solista de temas clásicos, entre ellos “Momento musical” (Schubert), “Miserere” de “El trovador” (Verdi) y “Trozos de los manuscritos” (De Falla), éste registrado en discos. A esta altura corresponde resaltar que Aguilar era un guitarrista con sólidos conocimientos musicales.

Solista o acompañante, José Aguilar es visitante frecuente de los estudios grabadores de discos. En 1924 se presenta en el teatro Porteño, junto al dúo formado por los cantores Atilio Monsalve Copello (El chilenito) y Fernando Nunziata y el guitarrista Rafael Iriarte. En marzo de 1924 viaja a Montevideo y realiza una temporada integrando el conjunto “Los incógnitos” un grupo, cuarteto de cuerdas y canto, con Luis Viapiana, Carlos Bértola, Ítalo Goyeche al que se agregaba su entonces joven hermano Froilán.

Por entonces contrae matrimonio con una dama de la sociedad de Trinidad, la señorita María Berois, trascendente colaboradora de su esposo en las letras de “Trenzas negras”, “Añoranzas” y “Milonguera” entre otros, informe corroborado por Froilán Aguilar, que consideraba a María una excelente poetisa.

Al retornar a Buenos Aires, José y Froilán Aguilar se presentan acompañando a Rosita Quiroga y Rosita Del Carril en los teatros Empire y Maipo. En grabaciones se lucen junto a Ignacio Corsini, retornando Froilán casi en seguida a Montevideo, en tanto José sigue en tal labor, ahora junto a Enrique Maciel y Rosendo Pesoa, éste un destacado alumno suyo.

Promediando 1928 se produce un hecho trascendente en la carrera artística de Aguilar. Según expresa Richard Russo, periodista uruguayo y autor del tango “Tango, te cambiaron la pinta”, en un reportaje que nos fuera dedicado, preocupado por la pobreza de su acompañamiento fue contratado por Carlos Gardel. Debuta en los discos con tres temas registrados el mismo día: “La hija de Japonesita”, “Chorra” y “Manos brujas”. Viajan Gardel y sus guitarristas a Europa obteniendo un rotundo éxito en París. El trío de acompañamiento formado por José Ricardo, Guillermo Barbieri y José Aguilar también son solistas.

Aguilar utilizaba su dedo mayor con púa, logrando un sonido brillante y destacado. En realidad, siendo casi un niño en una “pulseada” con un tal Denis —informe de su hermano Froilán— se quebró el dedo, causándole dificultad en su labor guitarrística.

Por entonces, ya de regreso de Europa comienza a conocérsele como José María Aguilar, nombre artístico que lo distinguiría para siempre.

Como José Ricardo se quedara en París, desvinculándose de Gardel, sólo serían dos los acompañantes del eximio cantor hasta marzo de 1930, cuando se incorpora Domingo Riverol. Figura Aguilar en la filmación de los cortos de Gardel bajo la dirección de Eduardo Morera y poco después, a raíz de un entredicho, se desvincula del cantor.

No deja de trabajar. Con Teófilo Ibáñez, dúo Gómez-Vila, Armando Barbé, Juan Patti (cantor uruguayo) y Adhelma Falcón, en este último caso con Barbieri y Riverol, en una nómina incompleta que comprende el período 1931/34.

A fines de 1934, solicitado desde Estados Unidos un terceto de guitarras por Carlos Gardel, viaja Aguilar junto a Barbieri y Riverol. Realiza la gira que se truncaría con la tragedia de Medellín. En ella, están documentados los solos de guitarra junto al respaldo a Carlos Gardel.

El espantoso accidente deja con vida a Aguilar, en medio de grandes sufrimientos, desfigurado físicamente y lo que fue peor, con sus manos inutilizadas para poder brindar las notas a su guitarra. Su esposa María lo fue a buscar a Colombia produciéndose su retorno a Buenos Aires en enero de 1936. Todavía le quedarían fuerzas y ánimo para tener alumnos de guitarra y patrocinar a distintos cantores con éxito solo relativo. El artista total, personalísimo y destacado había cumplido su ciclo, clausurándolo el 24 de junio de 1935.

Promediando diciembre de 1951, frente a la Plaza Pueyrredón (Flores) de Buenos Aires, al pretender abordar un taxi que venía por la mano contraria lo atropelló un auto, fracturándole una pierna. Internado en el Hospital Álvarez, sorpresivamente falleció de un edema pulmonar el 21 de diciembre de 1951.

El registro autoral, muy importante, se aproxima a setenta títulos de diversos géneros. Entre los tangos, no mencionados en esta semblanza señalamos algunos, como: “Tengo miedo” y “Cuando me entrés a fallar”; “Flor campera” con Juan Pedro López y “Al mundo le falta un tornillo”. Valses con hermosas melodías, por ejemplo “Manuelita” con José Macías hijo; “Aromas del Cairo”; “Mala suerte” y “Cuando miran tus ojos”, sin olvidar algunos ejemplos de música criolla como “Las madreselvas” zamba y el estilo “Ofrenda gaucha”, entre los más populares.

Lo ubicamos como el exponente más distinguido de su generación. Cantor en sus comienzos, gran guitarrista y excelente compositor. Un verdadero personaje de nuestra música popular.

Originalmente publicado en el libro "Ochenta notas de Tango. Perfiles Biográficos", Ediciones de La Plaza, Montevideo 1998. Auspiciado por la Academia de Tango del Uruguay.

Aguirre, Alberto

Cantor, guitarrista, autor y compositor
(19 de febrero de 1930)
Nombre completo: Félix Alberto Aguirre Obredor
Apodo: Cholo

Nació en la localidad de San Lorenzo (provincia de Santa Fe). Hijo de Martín Aguirre y Juana Obredor. Siendo un niño, su familia se radicó en la ciudad de Rosario, cercana a San Lorenzo. Félix es enviado a un conservatorio próximo a su domicilio, donde estudia teoría musical, solfeo y guitarra.
Ya entrando en la adolescencia, comienza a participar en peñas, confiterías y clubes, cantando con su guitarra. A los 15 años, su padre decide hacerlo participar en un certamen organizado por LT5 Radio Chaco, en el que resulta ganador.

Su repertorio estaba compuesto por piezas de tango y folclore. En 1947, es convocado por el maestro rosarino José Sala para integrar su orquesta.

A fines de la década del cuarenta, decide intentar suerte en Buenos Aires, al poco tiempo de estar en la Capital, es incorporado a la orquesta dirigida por el bandoneonista Calixto Sayago.

En 1951, ingresó a la orquesta de Jorge Argentino Fernández, comparte la tarea de cantor con Aníbal Duarte y actúan en LS10 Radio Libertad. En 1953, Fernández debuta en el disco para el sello Pathe, con el instrumental de Ástor Piazzolla “Contratiempo” y, en el reverso, con la voz de Aguirre, el vals “Rosa de otoño”.

Dos años más tarde, ya alejado de Fernández, actúa brevemente en la orquesta de Héctor Varela. En 1956, se incorporó a la de Edgardo Donato, en la que ya estaba el cantor Oscar Peralta. Vuelve al disco con tres temas: “Naranjerita” —una canción de Osvaldo Sosa Cordero—, “Cosita linda” —tango de Donato con letra del cantor— y “Rosa de fuego” —de Manuel Joves y Antonio Viergol—, estos dos últimos grabados en 1957.

A partir de los carnavales de 1958, se integra a la orquesta de Juan Sánchez Gorio, sumándose a los cantores a Osvaldo Bazán y Julio Fontana. Animaron los bailes del Club Victoria de Tigre —en la provincia de Buenos Aires—, actuaron ante los micrófonos de LR1 Radio El Mundo y en el cabaret El Avión, del barrio de La Boca.

En 1959, es convocado por Argentino Galván para grabar para el sello Music Hall el candombe “Todo negro”, junto a la cancionista Ana María Pons y coro.

A partir de 1960, comienza a dedicarse a la composición de temas ligados a la región del litoral argentino, logrando imponer un nuevo tipo de canciones que llamó litoraleñas, alcanzando consagración internacional. Sus temas son grabados por cantantes y músicos internacionales como Julio Iglesias, Andrés Calamaro, Alberto Cortez, Los Laikas, Los Parranderos, Los Nuevos Románticos de Cuba y muchos más.

Entre los nuestros: Ricardo Tanturi con Alberto Guzmán registraron en 1959 “Río rebelde”, compuesto por Héctor Ayala y Samuel Claus, con letra de Aguirre; Donato Racciatti con Rita Marín “Río manso” (1961); Alfredo De Angelis con Carlos Aguirre, “Río de angustia” (1970).

A mitad de la década del sesenta sólo canta su música, presentándose en el Canal 9 de la televisión argentina y, convocado luego, por varios países de América y Europa. Finalmente, se radica en Madrid (España), donde instala un local de espectáculos.

Entre su obra, podemos agregar a las páginas ya nombradas: “Trasnochados espineles”, “Tesoro mío” (con música de José Luis Giacomini "Pepe Medina"), “Anocheciendo”, “Río de lluvia”, “Río de sueños”, “Río de ausencia”. Como compañeros de creación vale la pena mencionar a: César Isella, Antonio Tarragó Ros, Raúl Barboza, Ernesto Montiel, Santos Lípesker, Leo Lípesker, Máximo Barbieri, Ángel Cabral, y muchos otros.

En esta semblanza va el recuerdo y el reconocimiento a quien, a través del tango y de su música litoraleña, llevó la canción argentina por un amplio recorrido en todo el mundo.

Aguirre, Carlos

Cantor
(19 de mayo de 1938)
Nombre verdadero: José Roberto Goldfinger

Nació en Buenos Aires, en el barrio de Floresta, luego se mudó y vivió 35 años en el Once. La madre, Elisa Balagula, provenía de Ostrow, Polonia. También de Polonia, pero de Lodz, era el padre, Arie Goldfinger.
Arie trabajaba en la fábrica de impermeables de Leiser Madanes, que era primo suyo. Además de emplearlo lo alojaba en una pieza en la calle Rauch (hoy Enrique Santos Discépolo).

A Elisa le entregaba una suma para todo el mes, con la que ella apenas podía alimentar y vestir a los hijos. Toda la familia vivía en un solo cuarto. Arie, era un gran lector y hablaba cinco idiomas, pero también era aficionado al turf e iba al hipódromo.

José aprendió el oficio de tornero mecánico en una escuela fábrica, pero lo que deseaba era cantar, aunque nunca estudió música ni canto. Solamente foniatría. La voz y el oído debían bastarle. Cantaba en el barrio, siempre a cappella y sólo fragmentos de tangos, ya que no memorizaba ninguna letra entera.

Una vez, en el café El Motivo, de Córdoba y Pueyrredón, cerca de su casa, cantó para unos amigos. Allí lo escuchó Ángel Gatti, el autor de “Corrientes angosta”. Al día siguiente, lo llevó al café de Callao 11, en cuyo subsuelo cantaba el cantor Argentino Ledesma, ya como solista y se lo presentó.

Ledesma trabajaba entonces en el Maipú Pigall, acompañado por la orquesta de Jorge Dragone, y necesitaba que alguien hiciese la primera entrada. José le cantó partes de “Tomo y obligo” y “Lo han visto con otra”, y allí quedó decidido su debut. Ese mismo sábado cantó en el club Wilde y el domingo en el Racing Club de Zárate, apenas uno o dos tangos en toda la noche.

Fue en Wilde donde nació su nombre artístico. Ledesma pensó que ese hijo de polacos necesitaba un seudónimo y decidió endosarle el nombre de un personaje que había representado en la película “El asalto”. Se trataba de un malevo, de lengue y chambergo, que cantaba un tango. A partir de ese momento, Goldfinger fue Aguirre, por una ley no escrita según la cual un apellido vasco puede tener tanto sabor a tango como uno francés, español o italiano, atributo que no puede compartir nunca un apellido judío. De todas maneras, para el ambiente, que siempre tiene las cosas claras, Carlos Aguirre era “El ruso”.

Con Ledesma-Dragone permaneció un año, pero sabiendo que allí nunca dejaría de ser el segundón. La historia cambió cuando “Mapera” —Miguel Ángel Ratto—, compositor de “Un solo minuto de amor”, lo presentó a Aquiles Roggero, que dirigía la Orquesta Símbolo “Osmar Maderna”, quien estaba buscando una voz grave para contrastar con la de Adolfo Rivas. La prueba fue en Radio El Mundo y había decenas de postulantes, pero el trámite fue breve: cantó y quedó en ese mismo momento incorporado a la orquesta.

Enseguida, grabó la milonga “Papá Baltasar”, en los viejos estudios de la RCA-Victor, en la calle Bartolomé Mitre. Más tarde registraría “Te llaman malevo”. Pero en esos finales de la década del 50 el tango estaba en franca declinación y, dos años después de su incorporación, el conjunto se disolvió. Éste optó por irse a Montevideo, contratado por la tanguería Teluria, adonde también llegó un día una folclorista poco conocida: era Mercedes Sosa.

Para reforzar sus ingresos, el cantor se conchabó en una inmobiliaria. Vivía en una pensión de la calle Eduardo Acevedo, donde también habían ido a dar la Negra Sosa y su marido. Recomendada por Aguirre, ella trabajaba de doméstica por horas. Años después, cuando Mercedes era ya una figura consagrada, coincidieron por azar en la ciudad bonaerense de Tres Arroyos. Fue una noche de abrazos, llanto, recuerdos, pero también la última en que se vieron.

A fines de 1962, regresó a Buenos Aires y el cantor Carlos Aldao lo presentó a La Guardia Nueva del Tango, la orquesta dirigida por el violinista Dante Yanel. En aquel ambicioso conjunto, que actuaba en el Grill Español, de Avenida de Mayo y Salta, revistaban el pianista José Colángelo, el violinista Mauricio Marcelli y los bandoneones de Alejandro Prevignano y Raúl Oscar Salvetti, entre otros. Actuaron en el “555 Club” por Radio El Mundo, animó los carnavales del 63 en la Rural y las tardes de domingo en el Centro Lucense y alcanzó gran éxito en el suntuoso Tabarís.

Una noche, un personaje se acomodó en la gambuza del Tabarís. Al retirarse dejó un recado para Aguirre: «Lo espero en mi casa, Maipú 746», firmado: Alfredo de Angelis. ¿No sería una broma pesada? Al principió dudó pero fue. El compositor de “Pastora” y “Pregonera” tenía objetivos precisos, quería reeditar sus famosos dúos, especialmente el de Carlos Dante y Julio Martel. Acababa de incorporar al cantor Alberto Cuello y le preguntó a Aguirre si sabía hacer la segunda voz. El cantor le confesó que no sabía, nunca la había hecho. Cuando casi ya estaba desahuciado, la mujer de don Alfredo acudió en su ayuda: «Pobrecito, se ve que tiene ganas, pasale la segunda.», le suplicó al marido. De Angelis accedió. Se sentó al piano y con gran paciencia le fue enseñando.

Esforzadamente, Aguirre pasó la prueba y permaneció quince años en la orquesta, a partir de 1964. Llegó así a protagonizar los tres años finales de el Glostora Tango Club, “cita de la juventud triunfadora”.

Pese a que era una época crítica para el tango, la orquesta subsistía por su popularidad, tanto en el interior de la Argentina como en varios países latinoamericanos. Sin embargo, el repertorio, condicionado por compromisos comerciales, fue contaminándose de temas extranjeros. Aguirre sufrió esa situación, debiendo grabar desde “Love story” hasta “Pobre mi madre querida”. De todas formas, también registró tangos: “De igual a igual”, “Y volvamos a empezar”, “Paciencia”, “Las cuarenta”, éxitos de anteriores voces de De Angelis.

Una curiosidad de esa orquesta, con la que Aguirre registró casi cien grabaciones, es que muchos de los músicos que la componían en 1979, cuando De Angelis decidió disolverla, eran los mismos del debut en 1941. Ese año, el director armó una nueva formación con músicos jóvenes y los viejos a su casa. A raíz de ello, el cantor comenzó una nueva etapa. Hizo algunas grabaciones con el sexteto de Pascual Mamone, “El Cholo” y con la orquesta del pianista Oscar Martínez, pero la mejor etapa de su vida artística había pasado a ser definitivamente recuerdo.

La madre del cantor estuvo siempre presente. Iba a los bailes, hasta compartía las giras con Isabel, la mujer de De Angelis. Para Aguirre, su madre era su novia, una novia apenas diecisiete años mayor. Madre e hijo se habían acollarado. Ella murió a los 56 años y él se quedó soltero.

Su cantor preferido era Florel Ruiz y siempre soñó cantar con Horacio Salgán. Con Floreal trabajó en el Abasto, en los 60, en la cantina Ernesto, de Corrientes y Gallo, con el Trío Yumba

Aguirre siempre cuidaba la voz, tenía conducta: no fumaba, no bebía, no hacía desarreglos. Pero dormir, apenas dormía. A las siete debía estar en pie para su otro trabajo de corredor de ropa, el rebusque que le quedó cuando las actuaciones empezaron a ralear. Con el ámbito textil pasó lo mismo que con el tango: un día empezaron a desaparecer las fuentes de trabajo, la importación arrasó el mercado.

Esta es la historia de un cantor muy profesional y correcto que le tocó vivir las horas más difíciles de nuestro tango.

Ahumada, Julio

(Por Gaspar Astarita)

Bandoneonista, compositor y director
(12 de mayo de 1916 - 4 de marzo de 1984)

La fecunda escuela rosarina creada por Abel Bedrune nos ha dado la valiosa personalidad de este refinado estilista, con claras raigambres en los lineamientos estéticos de Pedro Maffia. Inició su carrera en Rosario, en la orquesta de su maestro, junto a Antonio Ríos. Son características de su estilo, su atildado manejo, la pureza de sonido -apagado y pastoso-, su delicado fraseo y su musicalidad.

Apenas con veinte años llegó a nuestra Capital y se instaló en aquella mítica pensión de la calle Salta 321, llamada "Pensión La Alegría" y que por algún raro designio albergó, casi al mismo tiempo, a una serie de músicos, la mayoría de los cuales tuvieron importante reputación. Fue el caso de Francini, Pontier, Héctor Stamponi, Antonio Ríos, "Tití" Rossi, Cristóbal Herreros, Enrique Munné, Argentino Galván, Homero Expósito, Emilio Barbato, Alberto Suárez Villanueva y otros. El encuentro con Galván significó mucho para Ahumada, quien luego sería el primer bandoneón en todos los conjuntos del eximio arreglador.

En Buenos Aires comenzó su carrera profesional en la orquesta de Roberto Zerrillo, luego pasó por la de Alberto Soifer, la de Nicolás Vaccaro y la de Lucio Demare.

A fines de 1943, cuando Emilio Balcarce vuelve a formar orquesta para acompañar al cantor Alberto Castillo, es convocado para encabezar la línea de fuelles. De las grabaciones realizadas, se destacan, entre otras, su solo de bandoneón en el tango "La que murió en París".

A mediados de la década del cuarenta, se incorpora a la orquesta estable de Radio El Mundo, sin dejar de participar en las orquestas de Galván, de Héctor María Artola, de José Basso, de Joaquín Do Reyes y en la de Enrique Francini. Estando en la mencionada orquesta estable, junto a su compañero Miguel Bonano, tuvieron tiempo de idear y, después formar, la orquesta propia: la Típica Ahumada-Bonano, de breve pero muy aceptada trayectoria.

Es en 1957, cuando se constituye el septimino "Los Astros del Tango" con dirección y arreglos de Argentino Galván, donde aparece el mejor Ahumada luciéndose en sus 38 grabaciones y donde, con total claridad, se lo puede apreciar conceptualmente. Allí dejó constancia de toda su calificada sustancia musical, es el resumen y la muestra inapelable de su dimensión artística, técnica y temperamental.

Es en el año 1960 que nace la ocurrencia de grabar en el sello Music Hall, la "Historia de la orquesta típica", con la dirección a cargo de Galván y donde, por supuesto, estuvo Ahumada y otros 42 músicos notables. Esa historia consistió, a través de 34 temas, en una recorrida por las diversas orquestas y estilos tangueros, para lo cual los músicos realizaron la imitación de cada una de ellas.

Ese mismo año, Galván forma una nueva orquesta y de nuevo está Ahumada. Se presentan en el cine teatro Ópera y, antes de separarse, llegan al disco donde se destaca su formidable solo de bandoneón en "Nunca tuvo novio". Lo que continuó fue un viaje a Japón que no pudo ser. El gran arreglador falleció el 8 de noviembre de ese 1960.

Ahumada debió seguir sin su amigo y, en 1964, forma "Cuatro para el tango", con Eugenio Pro en contrabajo y los guitarristas Marsilio Robles y Juan Mehaudy. Grabaron algunos temas para el sello Spacial.

Dos años más tarde, siempre con dirección y arreglos suyos, se une al contrabajista Hamlet Greco para una serie de recitales en el desaparecido Teatro Apolo. El dúo, con el agregado del pianista Carlos Parodi y el violinista Aquiles Aguilar, realiza unas grabaciones editadas por el sello Tini, acompañando también, las interpretaciones del cantor Carlos Olmedo.

Gabriel Clausi lo requiere para grabar un disco para su propio sello "Chopin", junto a Enrique Cantore, Alfonso Bernava (violines), Enrique Munné (piano) y Mario Monteleone (contrabajo).

El prestigioso músico Juan José Castro lo distingue al elegirlo, como único bandoneón de la orquesta sinfónica que conforma con 40 músicos, para estrenar en el Teatro Alvear la "Ópera de tres centavos".

Dino Saluzzi forma su "Pen Tango", allí está Ahumada que de inmediato y, por una larga temporada, pasa a integrar la orquesta estable del recordado "El Viejo Almacén" de Edmundo Rivero. En ese local, cuando se presenta el sexteto de Carlos Figari, es el primer bandoneón y arreglador.

En febrero de 1980, debuta la Orquesta del Tango de la ciudad de Buenos Aires que dirige Carlos García, y él es uno de los cuatro bandoneones, los compañeros son Saluzzi, Marconi y Antonio Príncipe. En el primer repertorio está con arreglo propio su tango "Pa' mama".

Se acerca el final de su vida cuando, en los últimos meses de 1983, le solicitan desde Japón material discográfico para ser editado. Forma una orquesta donde, entre otros, figuraron Marconi, Julio Pane, Colángelo, Leopoldo Federico y Hugo Baralis. Con el tiempo esos temas llegaron a nuestro país. Se destaca la participación de Ahumada en el tango de Alberto Tavarozzi "Media noche".

Como compositor no generó mucha obra. Aparte del nombrado "Pa mama", grabado por Leopoldo Federico, Ahumada-Bonano y la Orquesta del tango de Buenos Aires, deben citarse: "El gurí", que registrara Francini, "A Anselmo Aieta", "Tangueando en el contrabajo", en colaboración con Rafael Del Bagno. Con Figari compuso "Dulce y romántica", "Amor y soledad" y "De mis sueños".

Finalmente, tuvo una gran satisfacción en 1969 -cuando el tango ya estaba en plena declinación- y la firma Odol realizó un concurso con finales en el estadio Luna Park, siempre colmado. Con letra de Julio Camilloni presentan "Hasta el último tren", que obtiene el primer premio. Segundo resultó "Balada para un loco", de Piazzolla y Ferrer.

Como dato anecdótico, "Carlitos", el que fuera bandoneonista en la orquesta de Leopoldo Federico, el japonés Yoneyama, hoy empresario en su país, aprendió con Ahumada los "yeites" del instrumento y del tango. Para aquel era el "Tata Julio", quien, a los 68 años de edad, nos dejó para siempre, con el sonido de su bandoneón inolvidable.

Aieta, Anselmo

(por Oscar Zucchi)

Bandoneonista, compositor y director
(5 de noviembre de 1896 – 25 de septiembre de 1964)
Nombre completo: Anselmo Alfredo Aita
Apodos: Lagaña, El brujo del bandoneón
Seudónimos: Ricardo Aieta y Pepe Soles

Prominente figura de la generación de tanguistas del período 1910–1925, al producirse hacia esos años el cisma de los estilos interpretativos del tango, Aieta se constituyó en el más significativo baluarte que el tradicionalismo opuso a las nuevas formas evolutivas, concebidas y lideradas por Pedro Maffia y Pedro Laurenz en la ejecución del bandoneón.
Genuino producto de una época, Aieta tipifica al músico esencialmente intuitivo y autodidacta, cuyo privilegiado oído musical e innato talento, suplen generosamente sus falencias académicas.

Como intérprete resaltó su natural buen gusto, la llamativa facilidad en la improvisación de sorprendentes e irrepetibles variaciones de sugestiva belleza y ese particular acento orillero, con innegables reminiscencias del fuelle compadre de su admirado Eduardo Arolas, que volcaba al tocar sus tangos o aquellas milongas corraleras que tan bien había conocido.

No obstante, es al amparo de su imponente obra de compositor donde la llama de su genialidad cobra mayor lumbre, tanto por lo frondoso de su producción como por ese derroche de originalidad, belleza y vigor que late en cada una de las melodías surgidas de su inagotable venero creativo, que lo han ungido como uno de los máximos rapsodas del pueblo. Fue un pintor de alegrías y tristezas, que cambió los colores por los sonidos.

Nació en el barrio de San Telmo y se inició muy joven, a los 10 años, con una antigua concertola que era de su hermano mayor, Ricardo.

Sus comienzos profesionales podemos ubicarlos alrededor de 1913. Suele citarse sus actuaciones en el café “La Buseca” de Avellaneda, donde suplió al bandoneonista Graciano De Leone, en el terceto típico que completaban, “El Chino” Agustín Bardi en piano y Ricardo González, “Muchila”, como guitarrista. También, en alguna ocasión, integró el conjunto de Genaro Espósito.

Conoció, fue amigo y ferviente admirador de Arolas con quien también tocó. Actuó con los más importantes músicos de esa década: “El Rata” Rafael Iriarte, Carlos Marcucci, José Servidio, Luis Bernstein, Rafael Tuegols, Roberto Goyheneche.

En 1919, ingresó a la orquesta de Francisco Canaro donde permaneció hasta 1923. Por aquella época es su tango “El huérfano”, el primero de su serie con Francisco García Jiménez, joven poeta que le fuera presentado por su amigo Tuegols.

Luego de Canaro, formó su orquesta y desplegó una intensa actividad en cafés, cines y clubes. Llegó a tener tanta actividad que armó tres o cuatro formaciones que tocaban simultáneamente.

En 1925, integró la Orquesta Típica Paramount, que debutó en el cine del mismo nombre, junto a Alfredo Mazzeo y Juan D’Arienzo (violines), Ángel D’Agostino, primero y Alfonso Lacueva, después (piano) y José Puglisi (contrabajo).

Por su orquesta pasaron nombres rutilantes del tango: Luis Moresco, Luis Visca, Nerón Ferrazzano, Daniel Álvarez, Gabriel Clausi, Jorge Argentino Fernández y las voces de Carlos Dante y del poeta Armando Tagini.

Se ubica, sin dudas, entre los más fecundos y jerarquizados compositores del tango, a través de todas sus épocas.

Desde su página inaugural: “La primera sin tocar”, allá por el año 1912, se halla presente en toda su obra el desbordante caudal de su inventiva y el elevado vuelo lírico que habría de caracterizar a su producción de modo integral, sea en los temas concebidos para su ejecución puramente orquestal, como en aquellos destinados a ser cantados, que constituyen la fracción más numerosa de su obra.

Dentro de esta tesitura se cuenta entre los compositores predilectos de Carlos Gardel, quien le llevó al disco 16 de sus títulos.

En esta cuerda de su quehacer artístico, contó con importantes colaboradores, tales como Enrique Dizeo, Lito Bayardo, Santigo Adamini, Cátulo Castillo, Vicente Planells del Campo, Francisco Laino, Mario Battistella, Francisco Bastardi, Nolo López, pero fue con García Jiménez con quien consolidó la más feliz conjunción autoral.

Además de tangos, compuso valses, pasodobles, zambas, milongas e incluso temas fuera del ejido de la música típica. Y en todas y cada una de sus composiciones es dable percibir la fresca fragancia de la espontaneidad con que fueron pergeñadas, esa pronta y genuina inspiración del los iluminados, que lo consagran como uno de los más grandes melodistas del género.

Es que Aieta poseía un innato don de componer con asombrosa facilidad, con un notable repentismo que queda reflejado en sus propias palabras tomadas por Horacio Ferrer: «Me levanto todos los días a las 7 de la mañana y, a las 8, ya estoy sacando alguna cosa en el bandoneón».

Componía indistintamente en el bandoneón o en el piano que dominaba perfectamente. Como desconocía la escritura musical, debía recurrir obligadamente a otros músicos para que llevasen sus creaciones al pentagrama. Muchas de ellas fueron transcriptas por el notable cantor y músico, Charlo, gran amigo de Aieta, quien concurría al domicilio de éste, a fin de que le prestara el piano para componer.

Su momento cumbre de inspiración fue en el transcurso de la década del veinte y los primeros años del treinta: “El huérfano” (1921). “Príncipe” (1922), “La mentirosa” (1923), “Suerte loca” (1925), “Siga el corso”, “Bajo Belgrano” y “Tus besos fueron míos” (1926), “Carnaval” y “La chiflada” (1927), “Entre sueños”, “Alma en pena” y “Yo me quiero disfrazar” (1928), “Prisionero”, “Palomita blanca”, “Chau ingrata”, “Tras cartón”, “Tan grande y tan sonso” y “Qué fenómeno”, (1929), “Primero campaneala” y “Bajo tierra” (1930), “Ya estamos iguales” (1934).

Con posterioridad, hubo una suerte de receso en su tarea de compositor hasta los años ’40, cuando se produjeron dos fulminantes destellos: “Mariposita” (1940) y “Color de barro” (1941). Además, la vigencia de su repertorio se revitalizó continuamente, merced a las estupendas versiones de sus temas, a cargo de los más encumbrados nombres del período: Aníbal Troilo, Osvaldo Fresedo, Alfredo De Angelis, Miguel Caló, Ricardo Tanturi, Osvaldo Pugliese, Francisco Canaro, Juan D’Arienzo, etc.

En los ’50 impuso dos temas: “Estampa tanguera” y “Escolazo” que grabó Edmundo Rivero.

Alcázar, Gerardo


(24 de septiembre de 1898 - 28 de diciembre de 1975)
Nombre completo: Coll Jarque, Gerardo
Poeta

Adoptó el seudónimo de Alcázar cuando sus primeros "pinitos" en la prensa festiva de su ciudad, Barcelona, allá por 1920.

Con los maestros Demón y Junoy dio al teatro la opereta "Las Pobres millonarias".

También escribió el "guignol" "El tango de la Cocaína"; parodias; "sketchs" y cuadros de revistas, casi todas estrenadas en la ciudad condal. En el año 1921 escribió la primera canción, "La Telefonista", y tuvo tal éxito que decidió "meterse de cabeza" en el gremio.

"Mi relación con el malogrado Carlos Gardel, del que —a pesar de su corta estancia en Barcelona—, llegué a ser un buen amigo, sintiéndome atraído, desde el primer momento, por su enorme simpatía y natural simplicidad, pese a la fama que, ya de tiempo, le precedía, se originó en los estudios de grabación de la Odeón, donde fuimos presentados; él, con su característica franqueza, me preguntó si tenía alguna canción que le fuera bien a su género; yo me di cuenta de que su interés era genuino, y con la misma franqueza le manifesté que tenía un par de cosas que podían adaptarse fácilmente a guitarra, una de ellas "Por un Cariño" la otra "¡Oiga Patrón!". Le advertí que las dos se habían estrenado y grabado por figuras famosas en el mundo de la canción. A Gardel no le importó este hecho, y nos citamos en el "Hotel Victoria" donde él se hospedaba. Allí le di a conocer las dos canciones que le gustaron enormemente, tanto fue así que las estrenó a los pocos días en una de sus triunfales actuaciones en el teatro "Barcelona ", y las grabó en seguida. El tango "¡Oiga Patrón!', que creó verdaderamente, se malogró por impresión defectuosa y no llegó al mercado; no fue posible hacer una nueva reimpresión ya que para entonces, Gardel no se encontraba en España. En nuestra despedida contraje con él el compromiso de escribir más letras que musicaría él mismo, y que yo le habría de remitir, a su nombre, a la Editorial Perrotti de Buenos Aires. Así, escribí para Carlos las letras de "La Huerfanita", tango, y "Campanita de Oro", vals argentino.

Tardé un tiempo en hacerlas, y cuando me disponía a enviárselas me enteré, con profunda consternación, de su trágica muerte. Estas dos letras fueron musicadas, posteriormente, por el famoso compositor argentino, autor de "El Boyero", "A la luz del Candil", etc., Carlos V. G. Flores, fallecido, hace pocos años, en Portugal y que asimismo, fue un gran amigo mío". Así se expresó en noviembre de 1966, en sus recuerdos sobre Carlos Gardel, este autor catalán.

Alcázar nació en Barcelona el 24 de septiembre de 1898 y allí falleció el 28 de diciembre de 1975. (Véanse Betoret, Francisco y Demon J.)

Del Greco, Orlando: Carlos Gardel y los autores de sus canciones, Akian Ediciones, Buenos Aires 1990.


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